Los Magos

La fantasía po­pular ha enriquecido con ingenuas na­rraciones novelescas la memoria de estos ya familiarísimos personajes, que, según el Evangelio de San Mateo (v.) (cap. II, 1 y ss.), fueron desde lejanos países a adorar al recién nacido Rey de Israel. Alrededor de esta escena, el arte de todos los siglos ha derramado una espléndida gama de colores y de situaciones humanas.

No obstante, en el sobrio relato de San Mateó (v.), más que en cualquier otra parte, aparece des­crito el espíritu religioso de los Magos, to­do candor y generosidad, aun cuando no sin una secreta complacencia del escritor hacia el simbolismo profético del singular acontecimiento. Dos son, únicamente, _ los datos biográficos que facilita el Evangelista, y aún, por otra parte, bastante genéricos: se trata de «magos» que llegan de Oriente. Por lo general, la exégesis moderna cree poder identificarlos como adeptos a la re­ligión de Zoroastro, procedentes de Persia. El Evangelio nada dice tampoco acerca de su dignidad real, la cual, aunque no se afirma hasta una época bastante tardía, de­riva del anuncio profético del salmo 72 : «Los reyes de Tarsis y los de las islas pa­garán tributo; los reyes de Arabia y de Saba ofrecerán dones».

En cambio, el texto evangélico da el mayor relieve a la fe de esos extranjeros, descarnada y elemental en sus datos de conocimiento, pero abun­dante en profundidad y sinceridad de ma­tices; de esta suerte, la escena evangélica, si bien carece del magnífico esplendor que le han dado los artistas, posee una seducción propia totalmente espiritual, que culmina en el «gran goce» de quienes, con sencillez de corazón, han atendido por vez prime­ra la misteriosa llamada de Dios.

E. Bartoletti