El Cura de Aldea

Personaje del Diario de un cura de aldea (v.) de Georges Bernanos (1888-1948). El cura rural de Bernanos. a causa de su sencillez evangé­lica, molesta a todo el mundo: «sería pre­ciso ver la manera de no fastidiar dema­siado a la gente», le dice su sacristán.

El joven párroco es un pobre, un «simple». «¿Qué quiere que le diga, hijo mío? — le dice el cura de Torcy—. Estas gentes no odian su simpleza, lo que hacen es defen­derse de ella; es como un fuego que les quema. Usted se pasea por el mundo con su pobre y humilde sonrisa que pide per­dón, y empuñando una antorcha que usted parece tomar por un cayado. Nueve veces de cada diez, se la arrancarán de las ma­nos, y le pondrán el pie encima». El cura de Ambricourt es pobre, física y espiri­tualmente.

Está enfermo a causa de una herencia alcohólica; tiene esa simplicidad de alma que acompaña al verdadero es­píritu de pobreza bendecido por Dios. Él se ha entregado a sus feligreses, pero éstos no le hacen compañía. Tiene un tremendo problema de soledad por resolver. Aparen­temente va de fracaso en fracaso. Sufre «por» y «a causa» de las almas a él en­comendadas. Sufre también en su alma porque experimenta el mismo abandono aparente que Cristo en Getsemaní.

El pue­blo entero le llama borracho; el conde le acusa ante el obispo; la institutriz del cas­tillo le escribe una carta anónima, rogán­dole que se marche; los niños del catecis­mo se burlan de él; Chantal, la hija de la condesa, le odia. El cura de Ambricourt no posee la paz, sino que sufre la tentación de la desesperación y por eso da la paz a los otros. La presencia del cura, su san­tidad humilde vencen la desesperación y el odio que anidan en el alma de la condesa, que no ha perdonado a Dios la muerte de su hijo; la condesa llega a amar la volun­tad de Dios; entonces encuentra la paz.

Ella morirá aquella noche, y se dirá que el cura es el culpable, porque «no se fas­tidia así a la gente». El mal pulula alre­dedor del cura. El silencio de Dios en­vuelve su alma. Vive sumido en la «noche oscura». Una y otra vez experimenta la tentación de la desesperación, la padece: éste es su martirio, su agonía: «Mi tristeza era, sin duda, demasiado grande. No pedía a Dios más que para mí.

Y no acudió». Y en otro lugar: «La oración me era en aquel momento tan indispensable como el aire a mis pulmones, como el oxígeno a mi san­gre. Detrás de mí no estaba ya la vida cotidiana, familiar, a la que uno acaba por escapar con un impulso, pero conservando en el fondo la certeza de poder entrar de nuevo en ella tan pronto como quiera. De­trás de mí no había nada. Y delante de mí, un muro, un muro negro».

El pecado de desesperación — el pecado satánico por excelencia — es el que desgarra al cura de Ambricourt: «El pecado contra la esperan­za: el más mortal de todos, y quizá el mejor recibido, el más acariciado. Hace falta mucho tiempo para reconocerlo, y la tristeza que lo anuncia, que le precede, ¡es tan dulce! Es el más rico de los elíxi­res del demonio, su ambrosía. Porque la angustia… (la página ha sido rasgada)».

El cura de Bernanos renuncia voluntariamen­te a la alegría, para que sus feligreses la posean. Sufre, pues, la agonía misma de Cristo. Con su sencillez evangélica el cura rural exaspera al demonio. Tiene el don de visión espiritual, tiene conciencia del pecado. Y esta visión del pecado es justa­mente la que impide vivir al cura de Am­bricourt. La lujuria de los niños le obse­siona. La maldad precoz hiere su alma.

La infancia misma está envenenada por el mal. Para el cura rural existe un «cuerpo del pecado» antítesis del «cuerpo místico de Cristo». La maldad precoz es fruto de los pecados de los otros que «envenenan la at­mósfera» que respiran los niños. El cura siente una gran tristeza misericordiosa por la impureza de los niños y se indigna fren­te a la cómplice frivolidad de los adultos en esta materia.

La lujuria le da miedo, «sobre todo, la impureza de los niños». El cura de Ambricourt se ha abandonado en Dios y este abandono ha significado la ago­nía de todos sus sentimientos humanos. Toda su vida está puesta bajo el signo de la agonía de Cristo. El médico le dice que tiene un cáncer incurable. El cura rural, en aquel momento, «no piensa en Dios», sino que descubre que ama la hermosura del mundo, de la que no ha recibido nada; se siente henchido de nostalgia ante los pobres caminos que traen las alegrías y las penas de los hombres, y se echa a llorar.

El silencio de Dios es profundo. La an­gustia de la muerte acosa al buen cura. Tiene miedo de morir. La esperanza ha consumido al cura de Ambricourt, pero a la vez lo transfigura: «Odiarse a sí mismo es más fácil de lo que se cree. La gracia está en olvidarse a sí mismo. Pero, si todo orgullo’ estuviera muerto en nosotros, la gracia de las gracias estaría en amarse hu­mildemente a sí mismo, como a cualquiera otro de los miembros sufrientes de Jesu­cristo».

El cura de Bernanos sufre la an­gustia de la muerte: el abandono humano, la soledad, el silencio de Dios, pero su fe le da la certeza de la victoria de Cristo sobre la muerte; por eso la angustia de la muerte que experimenta va acompañada de una alegría sobrenatural que le hace ex­clamar al morir: «Todo es gracia».

J. M.a Pandolfi