Al igual que otros muchos personajes poéticos del ciclo del Cid (v.), la figura del conde Gómez de Gormaz, llamado el conde Lozano, carece también de fisonomía única.
Hay, lógicamente, un fondo común a las diversas versiones, y es, precisamente, la «lozanía» del conde — el complejo de energía, fuerza bruta, orgullo y altivez — que se halla ya en los romances, o en el Cantar de Rodrigo (v. Cid), o en Las mocedades del Cid (v. Cid) de Guillén de Castro. Por lo demás, en las composiciones medievales — sobre todo en el Cantar de Rodrigo — el conde Lozano es la interpretación artística de una figura probablemente bastante común en una sociedad regida por la ley del más fuerte y en la que las rapiñas y expoliaciones entre miembros de una aristocracia guerrera están al orden del día, con todos sus riesgos y complicaciones.
Más brutal y poderoso que Diego Laínez (v.), aun cuando de su misma raza, el conde Gómez roba el ganado ajeno y mata a los pastores, sin parar mientes en las inevitables represalias, sistema de vida condicionado tan sólo a la incapacidad de reacción de la víctima. Pero es esta incógnita, precisamente, lo que no justiprecia Lozano en el caso de Diego Laínez; un hijo de éste, Rodrigo, el futuro Cid (v.), le supera en audacia y valor; cuando las recíprocas ofensas llegan hasta el punto de requerir casi una batalla campal.
Rodrigo se enfrenta a Gómez, que se halla entre sus gentes, y le mata. Más bien, pues, que un pretexto para la intervención de Jimena (v.) y la boda del Cid, la muerte de Lozano es la sublimación artística de un episodio de la crónica cotidiana. No faltan, sin embargo, cantores que prefieren, como en el romance El buen Diego Laínez, cambiar la versión, insistiendo en los aspectos peores de la figura del conde: sólo porque Diego Laínez ha quitado una liebre a los galgos de Gómez éste osa injuriarle y tratarle como a un ser despreciable.
La venganza de Rodrigo empieza a aparecer legitimada por condiciones particulares. En la versión de Castro, más tarde, y en las que con ella mantienen relación (como el romance En el tiempo en que reinaba), Lozano es únicamente un brutal ambicioso que insulta atrozmente a un noble de venerable edad sólo porque el rey ha demostrado predilección hacia éste al confiarle las funciones de ayo del príncipe y guardián de un estandarte. Rodrigo vengará a su padre matando al conde Gómez según las normas del honor castellano.
En el contraste entre el honor, representado por Diego Laínez y su hijo, y la «negra honrilla» que personifica Lozano, la venganza de Rodrigo aparece como sagrada reparación de la injuria. Rodrigo acaba de ser armado caballero por el buen rey: la primera actuación de su legendaria carrera — una victoria que es un bello hecho de armas —, adquiere una significación simbólica: es el primer homenaje a la ley que impone a los caballeros la misión de «enderezar entuertos». Esta admirable continuidad acaba un episodio y origina otro, de un valor artístico sobre cuya evidencia no es preciso insistir.
R. Richard

