(Rodrigo o Ruy Díaz de Vivar, el Cid Campeador). Héroe del Poema del Mío Cid (v. Cid) y la más alta figura de la épica española.
Las leyendas que alrededor del héroe han florecido con el correr de los siglos han podido despojar de toda certeza la realidad del hombre, pero Menéndez Pidal en su España del Cid (v.) ha hecho justicia a todas las deformaciones y a todas las dudas restableciendo a la figura humana del héroe en el marco histórico de su época. Rodrigo Díaz de Vivar nació en Burgos hacia el año 1040.
Enviado desde muy joven a la corte de Fernando I, se educó en ella juntamente con el Infante Sancho y allí fue armado caballero. Al suceder Sancho a su padre en el trono de Castilla, Rodrigo fue nombrado adalid de las empresas guerreras contra el Islam y por ellas los árabes le llamaron Sidi, esto es, señor, y los españoles el Campeador, de donde su apelativo de Cid Campeador. Asesinado Sancho durante el sitio de Zamora, Rodrigo obligó al nuevo rey Alfonso VI (v.) a jurar en Santa Gadea que no había tenido parte en la muerte de su hermano, y con ello se atrajo el odio del rey y el destierro.
El Cid se alía entonces con el rey moro de Zaragoza, al cual ayuda en sus guerras contra el rey de Lérida y contra el conde de Barcelona; y en 1094 conquista Valencia, que conserva hasta su muerte en 1099. Las empresas del Cid fueron exaltadas ya durante su vida: un poeta catalán cantó su gloria en un poema del que se conservan 129 versos, y asimismo lo celebraron cronistas árabes y cristianos. Este proceso de idealización se halla ya en marcha en el Poema del Mío Cid (v. Cid), donde se ofrece un héroe audaz y orgulloso, concebido según las características de la raza: generoso, leal y víctima de la arbitrariedad de su rey. Cuando, injustamente desterrado, abandona Castilla, seguido de su «brazo diestro» Alvar Fáñez de Minaya y de un puñado de leales, se convierte en el campeón de la hidalguía cristiana en tierra de moros, combatiendo y venciendo para el mismo rey que le ha ofendido, al cual ofrece siempre el fruto de sus victorias.
Valeroso guerrero y fiel vasallo («¡Dios, qué buen vasallo, si oviesse buen señor!») es también un padre afectuoso, que cuando al principio del poema se ve obligado a separarse de su esposa Jimena (v.) y de sus hijas Elvira y Sol, se desmaya como si le arrancasen la carne a pedazos. Su triunfo y sus riquezas no son nada si no puede hacer partícipes de ellos a los suyos. El Cid no es un héroe romántico, sino un héroe realista, que no combate por amor a la aventura sino para vivir. Desde este punto de vista nada tiene en común con un Amadís (v.) o con un Don Quijote (v.). Después de vencer al conde de Barcelona, que se burlaba de él considerándose más refinado que los «malcalzados» que le acompañan, le devuelve generosamente la libertad, pero se queda con su dinero, que constituye el botín de guerra.
Y en otra ocasión exhorta a Jimena y a sus hijas para que asistan a la batalla desde las almenas y vean «cómo se gana el pan». Su generosidad, asimismo, no es ciega sino razonada. Pródigo con el rey y con sus soldados, no se preocupa lo más mínimo por su deuda no pagada a los hebreos Raquel y Vidas, probablemente porque considera justo engañar por una vez a unos judíos, ya que los de su raza han engañado tan a menudo a los cristianos. Análogamente, cuando decide vengarse de los viles Infantes de Carrión por la ofensa que han inferido a sus hijas, antes de tomar venganza personal, o sea de entablar duelo con ellos, les impone con precisión matemática la restitución de todo cuanto recibieran en dote antes del ultraje.
«Don Quijote — advierte Valbuena Prat — hubiera empezado con el desafío». Su fuerte virilidad, su distinción, su valor y su prudencia, su amor por sus soldados y la perfecta dignidad de sus gestos hacen de él un personaje admirable. Su fidelidad al rey es de estilo germánico, y cuando Alfonso, vencido por su comportamiento, le otorga audiencia y perdón, el Cid besa humildemente la tierra en señal de absoluta sumisión ante su señor. El Cantar de Rodrigo (v. Cid),’ conocido también bajo el título de Las mocedades de Rodrigo, acentúa el carácter legendario del héroe haciéndole protagonista de novelescas aventuras emparentadas con las «enfanees», de los héroes de gesta franceses. Adolescente, él es quien venga a su viejo padre Diego Laínez (v.), dando muerte al conde Lozano (v.).
Y a ese acto de justicia añade la befa y el sarcasmo, ya que Jimena, la hija del muerto, tiene que sufrir sus ironías y sus amenazas: en efecto, da a comer a sus halcones las palomas de aquélla y — venganza antigua e ignominiosa para una mujer — le recorta las faldas. Obligado a presentarse al rey, viola la etiqueta acudiendo armado, y cuando por ello es arrojado de su presencia vuelve a montar a caballo y desafía a singular combate a quienquiera que se atreva a recordarle la muerte del conde Lozano.
No es un hombre, sino una máquina de guerra; y tal vez por ello gusta a Jimena, la cual, según la justicia de la época, es compensada de la muerte de su padre por el matrimonio con el matador. El ciclo de romances que en el Romancero (v.) constituyen el llamado Romancero del Cid, recoge los episodios más dramáticos de la leyenda cidiana, especialmente los relativos a la ofensa del conde Lozano, a las querellas de Jimena, a los amores con la infanta doña Urraca (v.), al cerco de Zamora, etc. Refundiendo todos estos temas, Guillén de Castro nos dio una reconstrucción esencial de la leyenda en sus dos dramas Las mocedades del Cid y Las hazañas del Cid (v. Cid). En ellas Rodrigo aparece como un héroe valeroso y caballeresco a quien aman la princesa Urraca y Jimena.
La ofensa del conde Lozano le obliga a decidirse entre el amor y el honor, que por fin prevalece. Rodrigo da muerte al conde pero luego se ofrece desarmado a la venganza de Jimena, que le rechaza y le amenaza sin dejar por ello de amarle. Será necesario que Rodrigo se halle en peligro mortal para que Jimena manifieste su amor, y entonces el rey pueda resolver el problema a satisfacción de todos. Después de los dramas de Guillén de Castro, al pasar a Francia en la tragedia El Cid (v.) de Pierre Corneille, el héroe se condensa en su crisis, consciente y animoso, llegando a un «pathos» que casi supera su heroísmo.
El Cid venga a su padre y con ello pierde la felicidad de su amor y se exalta en el deseo de morir a manos de la amada, cediendo a la fatalidad por la que ésta debe querer su castigo. Aun después de su victoria sobre los moros está dispuesto a aceptar la muerte para aplacar a Jimena. Amor, deber y heroísmo se funden en él en un fervor juvenil y reflexivo. Es el héroe francés, ardiente y soñador, caballeresco y leal, en el clima de la primera mitad del siglo XVII, preocupada ya por la moral y la casuística y tendente al corneliano y cartesiano predominio de la voluntad.
F. Díaz-Plaja

