Effi Briest

Protagonista del relato de su mismo nombre (v.), de Theodor Fontane (1819-1898). Es la heroína de «una de las más delicadas novelas de la literatura mun­dial basadas en el adulterio» (O. Walzel).

Fontane dibujó con mano feliz esta figura que se lanza a la vida con instintiva y serena jovialidad femenina. En las primeras páginas de la obra, un breve diálogo entre la joven y su madre señala ya claramente la actitud de alegre irreflexión de la fu­tura mujer. «Effi, hubieras debido ser acró­bata en un circo.

Siempre en el trapecio, siempre suspendida en el aire. Casi he lle­gado a creer que te gustaría». «¿Por qué no, mamá? Y si fuese así, ¿quién tendría la culpa? ¿De quién he heredado estos instintos? Indudablemente, sólo de ti». Con esa congénita ligereza mujeril que, según Nietzsche, sirve de contrapeso a la seve­ridad tantas veces inútilmente grave de los hombres, se compagina una natural doci­lidad que fácilmente se resigna a situa­ciones impuestas por los demás.

Ello ex­plica que la joven Effi, aun siendo una «personita llena de imaginación» que sueña en el verdadero amor o en la vida de lujo, se una, para obedecer a sus padres, sin ilusión pero también sin grave repugnan­cia, al anciano barón Geert von Instetten, presidente del distrito de Kessin, solitaria comarca perdida entre las dunas del Norte. Instetten es hombre de carácter y de prin­cipios, es un burócrata correcto y distin­guido, pero frío, pedante y totalmente ab­sorto por las preocupaciones de su cargo y de su carrera.

En el desolado ambiente de Kessin, Effi piensa con nostalgia en la dulce casa paterna de Hohen-Cremmen. A su tedio y a su descorazonamiento contri­buyen siniestras imágenes: la misteriosa le­yenda relativa a un chino que fue enterrado fuera del cementerio y los rumores que circulan acerca de los fantasmas que ha­bitan el palacio del gobierno donde Effi tiene que vivir. Con su pedantesca ‘manía de educar la voluntad de la joven, el pro­pio Instetten no quiere desmentir aquellas supersticiosas habladurías, de modo que la pobre Effi se pasa las noches de sobresalto en sobresalto.

Contra tanto aburrimiento y desolación, ¿qué pueden valer las raras ve­ladas en casa de Gieshübler, el raro pero amable farmacéutico de Kessin, y aun el nacimiento de una niña, Annie? Nada más natural, por consiguiente, que el éxito que un simpático don Juan local acaba por ob­tener sobre la joven esposa descontenta y hastiada. Effi cede a la hábil y asidua cor­te del nuevo comandante de la guarnición, el mayor Von Crampas, pero en su caída no hay la menor complacencia pecaminosa. Por lo mismo, tampoco tiene conciencia de su culpa ni se arrepiente de nada más que de su mentira y de su deslealtad. Ello explica la frase que escribe a su amante al despedirse de él, cuando su marido es trasladado a Berlín: «Lo mejor hubiera sido que yo no hubiese visto jamás ese país». ¿Presagio de su triste destino? Lo cierto es que, algunos años después, Instetten des­cubre casualmente las cartas amorosas de Crampas a su esposa.

Y entonces viene la catástrofe.  Instetten, no tanto por pasión co­mo por una especie de mal entendido pun­donor germánico («nuestro culto del honor es idolátrico, pero debemos atenernos a él mientras impere este ídolo», comenta el propio colega que intenta disuadirle), desa­fía y da muerte a Crampas, y se separa luego de su mujer, llevándose consigo a su hija. Effi se queda solitaria y triste, recha­zada al principio incluso por sus padres, que no la acogen bajo su techo hasta que la ven consumida por una lenta enferme­dad.

El hechizo de esta sombría y apaga­da Bovary alemana consiste en su vaga conciencia de ser a la vez culpable e inocente, pecadora y víctima. Cuando, al fin, se da cuenta del fracaso de su vida, se re­signa a su triste destino: «Muero reconci­liada con Dios y con los hombres y tam­bién con él (Instetten)». Su último ruego es que sobre su tumba figure su nombre de soltera, ya que, reconoce, «no he hecho ho­nor al otro». La humanidad de Effi Briest se encierra toda en esta tímida confesión, en este implícito anhelo de bondad y de pureza. Y Fontane, con fino y responsable sentido artístico, sabe poner de relieve esta humanidad sin condenar, exaltar ni mora­lizar. Se limita a narrar con objetiva in­diferencia, disimulando incluso su propia simpatía íntima por la heroína.

G. Necco