Edmundo

[Edmund]. Nos referimos al hijo bastardo del conde de Glocester en el Rey Lear (v.), de William Shakespeare (1564-1616). Este tipo de bastardo que in­tenta arruinar a sus hermanos legítimos, aparece con cierta frecuencia en la literatura. Shakespeare lo asimila al tipo «italia­nizado» del hombre que está más allá del bien y del mal y que, impulsado por un único afán de poder, está decidido a al­canzarlo por todos los medios.

Es, pues, la expresión de un maquiavelismo tal co­mo podía ser comprendido, de segunda mano, por una mentalidad nórdica: privado de generosidad y de idealismo, pero enri­quecido en cambio por un sentido heroico, aunque sea de un heroísmo criminal, tal como podía intuirlo el gran Shakespeare. Con él el tipo del traidor, nacido en la Edad Media como pura negación, sin otro objeto que anular los valores más nobles, se eleva a una naturaleza más compleja y adquiere un valor innegablemente positivo. Edmundo puede traicionar a su hermano y arruinar a su padre, puede jugar con el amor de dos mujeres tan malvadas como imprudentes, pero en todo cuanto hace hay un denuedo franco y salvaje que, si no le redime, le hace por lo menos me­recedor de cierto respeto.

Por él se afir­man los derechos de una humanidad abso­lutamente dueña de sus sentimientos y de sus afectos, capaz de orientarse por en­tero hacia una idea de poder ilimitado y capaz también de alcanzarlo superando to­dos los obstáculos sin reparar en medios. Éste es, para Edmundo, sin hipocresías ni equívocos, el natural objetivo del hombre: «Tú, oh Naturaleza, eres mi única divini­dad: tú, que has dictado todas mis obras y todos mis pensamientos…».

Es el Rena­cimiento llevado a sus extremos límites, el humanismo sentido con todo el rigor de un espíritu elemental y substancialmente bárbaro, que no retrocede ni siquiera ante el crimen. Pero Edmundo, por malvado que sea, no podía liberarse de un rasgo que desde los orígenes, caracteriza a su tipo; en el fondo es, como Caín (v.), que ve rechazado su sacrificio, o como Ganelón (v.), que no logra obtener el afecto de su rey, un hombre estigmatizado: su ilegítimo na­cimiento le humilla y le obsesiona, y el sentido de su inferioridad le hace hostil a sus semejantes: « ¿Viles, nosotros? A cada uno de nosotros la Naturaleza, en su secreto y^ gallardo poder, nos dio unas sienes más sólidas y un corazón más ardiente que los que suele conceder a toda una generación de imbéciles concebida entre la vigilia y el sueño en un lecho lleno de hastío…».

Y éste es su grito de reacción y de defensa, actitud refleja que, bajo las apariencias del superhombre «avant la lettre», revela la dolorosa miseria del hombre.

U. Déttore