Edipo

Este perso­naje, más que a la poesía, pertenece al mito; su nombre parece referirse, ya sea a la idea de sus pies hinchados, ya a una idea de visión, aludiendo por un lado al niño expuesto por sus padres en el monte con los pies heridos y por otro, según una interpretación naturalista del mito, a una divinidad solar que lo ve todo y que con sus rayos libera a Tebas de las pestíferas exhalaciones de los pantanos que la ro­dean, simbolizados por la Esfinge.

Su le­yenda, a la que tal vez no eran extrañas algunas antiguas historias de parricidios e incestos de una dinastía tebana, fue vero­símilmente llevada por la fantasía de an­tiguos cantores ignorados, anteriores a Ho­mero, y luego por poetas griegos ya cono­cidos, a expresar una concepción religiosa todavía primitiva y gradualmente evolucio­nada de la vida y del dolor humanos.

El mito de Edipo, que así, en su núcleo esen­cial, parece tratar del problema del dolor según una concepción fatalista y pesimista de la vida, casi desconcertante, sin un rayo de sol que la penetre ni la menor posibi­lidad de salvación — por cuanto en él el dolor no es todavía castigo ni aun reden­ción — era ya conocido por Homero, para quien la figura y el rostro de aquel perso­naje deberían ofrecer el aspecto de un in­menso dolor, en toda su primitiva rudeza, con rasgos primigenios, misteriosos y enig­máticos, que hacen pensar en las estatuas de Egina.

Homero será el primero que in­tentará interpretar poéticamente la figura de Edipo dándole un aspecto humano (Odisea, v., XI, 271-280): entre las pálidas som­bras del Erebo que desfilan bajo los ató­nitos ojos de Ulises, pasa «la bella Epicasta, madre de Edipo, que en el extravío de su mente cometió grave crimen al casarse con su hijo»; los dioses le revelaron su culpa y Epicasta halló paz a su dolor en la muerte, mientras Edipo, engrandecido por la misma enormidad de su destino, per­maneció en la tierra para expiar.

Pero la leyenda se desarrollaba con mayor detalle en el poema cíclico de la Edipodia. Layo, rey de Tebas, por miedo a un oráculo que había predicho su muerte a manos de un hijo suyo, aleja de sí a Edipo, recién na­cido; pero éste, que ha sido educado junto al rey de Corinto, a quien consideraba su padre, al enterase a su vez del oráculo según el cual su padre moriría a sus ma­nos, abandona Corinto y por el camino de Tebas encuentra casualmente y da muerte a su verdadero padre, Layo.

Más tarde, al resolver el enigma propuesto por la Es­finge, salva a la ciudad amenazada por ésta y se casa con la reina viuda, Yocasta (v.). Tales son los antecedentes de la his­toria; pero en el Edipo de Píndaro falta todo rasgo individual, ya que en vano se buscaría un rostro a esta figura, como por lo demás a todas las que aparecen en sus himnos. Al solitario sacerdote y poeta de una aristocrática fe, en vías de desapari­ción, en el héroe y en la dignidad, le in­teresa menos la figura de Edipo que la historia entera de los descendientes de Cadmo y Labdaco, en la que el dolor al­terna con la felicidad.

De esta historia in­tenta sacar una interpretación optimista del dolor: por obra de los dioses, el héroe lleva en su sangre un destino de felicidad y de gloria, pero también de desventuras. Así en la Olimpíada 2.a (v. Epinicios), Píndaro re­cuerda a Terón cómo Edipo dio muerte a su padre para que se cumpliera la voluntad del hado y cómo las Erinias impulsaron a los hijos de Edipo a matarse mutuamente; pero, prosigue diciendo el poeta, al morir Polinice le sobrevivió su hijo Tersandro, restaurador de la casa de los Adrástidas de la que procede el hijo de Enesidemo, Te­rón, cuya gloria agonística compensa tantas desventuras.

Esquilo dedicó a la historia de los Labdácidas una trilogía entera: Layo, Edipo y los Siete contra Tebas, seguida del drama satírico La Esfinge. En un estásimo de los Siete contra Tebas (v.), única de estas obras que ha llegado hasta nosotros, se evoca líricamente el núcleo esencial del mito. Edipo, según una versión nueva y más de acuerdo con un concepto moderno de la divinidad, no es víctima de la ciega voluntad del hado, sino que paga la des­obediencia de Layo al oráculo de Delfos, que le había prohibido tener hijos para hacerle expiar así la muerte que el joven Crisipo se había dado para huir de su amor.

¿Quién más feliz que Edipo?, dice el coro; pero cuando descubre su culpa, con la mano parricida se priva de la vista, «más que­rida que los propios hijos», y luego pro­fiere amargas imprecaciones contra éstos, a quienes acusa de haberle abandonado en sus sacrificios. No hay nada más, en la bre­ve evocación, sino ese rostro y ese gesto; pero el personaje, en los dramas perdidos, no debía ser menos grandioso que los otros héroes esquilianos, como Agamenón (v.) o Eteocles (v.), y su gesto de maldición debía igualar al de Prometeo (v.).

Esquilo no se limita a sacar del mito esas figuras gi­gantescas, sino que se convierte en su apologeta. Para él la fortuna del hombre es «un formidable combate entre dichas y desventuras»; pero el dolor es un castigo; en su fondo hay una culpa libremente co­metida que debe ser lavada con la sangre de los hijos hasta la séptima generación. Y la culpa engendra otra culpa, para que el castigo responda a la justicia; contra la ciega voluntad del hado se empieza a afirmar, débilmente en el ámbito individual, pero decididamente en el ámbito de la es­tirpe, la responsabilidad humana: los hom­bres siguen todavía dominados por la divi­nidad, como las estatuas del frontón de Olimpia, pero la propia divinidad obra ahora según principios racionales, de los cuales el hombre, que empieza a dar sus primeros pasos hacia la conquista de su propia conciencia, va dándose progresiva­mente cuenta.

Si las aventuras de Edipo hallaron en Esquilo una solución, poética, pero sobre todo religiosa, en Sófocles la tendrán casi únicamente dramática y poé­tica. Sófocles, que no es ningún apologeta del mito, se halla lejos de toda problemática filosófica y religiosa. En su Edipo Rey — que por lo que se refiere a la trama de los hechos se repite esencialmente en el Edipo (v.) de Séneca—, la mirada del poeta se fija en el espectáculo de la ciudad de Tebas, devastada por la peste después del parricidio y del incesto de Edipo; éste se propone hallar el motivo de tanta cólera divina, y en una dramática serie de re­conocimientos descubre su trágico destino.

La escena de la muerte de Yocasta, así como aquella en que Edipo se arranca los ojos con los broches del vestido de su ma­dre, son sobrecogedoras. No hay la menor alusión a la culpa de los progenitores, y la tragedia se cierra con las palabras del coro, afirmando que nadie puede llamarse feliz antes de haber llegado al término extremo de su vida. Edipo representa aquí, como Ayax (v.) o como el Hércules (v.) de las Traquinias (v.), sólo un aspecto del dra­ma humano constantemente planteado por el poeta: las pasiones más violentas se apla­can, componiéndose en formas de religioso equilibrio y de armonía, como las estatuas de Fidias; el dolor ya no es expiación, sino que tiende a convertirse en redención.

La inocencia de Edipo no es negada, para no hacer disminuir el sentido de simpatía que despiertan sus desventuras, pero tampoco es explícitamente afirmada, para que no disminuya la fe en la justicia de la divini­dad. Volvemos, pues, casi a la arcaica teo­logía de Píndaro, pero aquí se trata sólo de una actitud artística de un hombre más mo­derno y profundamente religioso: para Só­focles, no está permitido a nadie indagar la voluntad de los dioses.

En el Edipo en Colono (v. Edipo), el anciano rey es con­ducido al bosque sagrado de las Euménides, acompañado por sus hijas (v. Antígona) y protegido por Teseo (v.), el magnánimo rey de Atenas; allí, después de haber mal­decido y alejado a sus hijos Eteocles y Po­linice, que han ido en su busca impulsados por la idea de sucederle, Edipo se sustrae a sus miradas desapareciendo milagrosamen­te como un dios. Aquí lo apolíneo cede el lugar a lo dionisíaco: Edipo es salvado sin mérito propio por la divinidad, del mismo modo que antes había sido castigado, apa­rentemente sin culpa.

El dolor se convierte en éxtasis y misterio, pero un misterio re­ligioso y sublime. Por otra parte, la des­aparición del héroe entre los bosques de Colono enlaza su figura con su supuesto origen naturista y solar, ya que, visto des­de Atenas, el sol se pone tras aquel bosque.

A. Luppini