Duquesa de Guermante

[Oriane, duchesse de Guermantes]. Oriana, duquesa de Guermantes, personaje de En busca del tiempo perdido (v.), de Marcel Proust (1871- 1922), había fascinado al narrador aun antes de que éste hubiera podido verla, y mucho antes de que se le hubiera admitido — sue­ño, y aun a veces delirio, de toda una ado­lescencia — en su espléndido e inaccesible salón que, en virtud de su nombre, suscita­ba en aquél recuerdos tan maravillosos: si los imaginarios Guermantes descienden, como se pretende, de Genoveva de Bra­bante (v.), si tienen antepasados en la épo­ca de los merovingios, constituyen real­mente una nobleza más ilustre que ninguna dinastía reinante, y la tradición ha dejado sus inconfundibles huellas en su aspecto físico y en su inteligencia: «Los Guerman­tes, o por lo menos los dignos de tal nom­bre, no sólo poseían una especie de carne, de cabello y de mirada transparente y ex­quisita, sino que se comportaban, andaban, saludaban y miraban a los demás, antes de estrecharles la mano, en una forma que les hacía diferentes de un hombre de mundo cualquiera, ni más ni menos como éste se distingue de un obrero en blusa…».

La duquesa, sobre todo, la elegida entre los elegidos, es en primer lugar un sueño, una diosa, una imagen de vidriera gótica, y finalmente un luminoso rostro de mujer: «una señora rubia, de nariz grande y ojos azules y penetrantes», casi una decepción para quien la veneró «en otro siglo, como hecha de otra materia distinta a la de las demás personas vivientes».

Pero, como la imagen se hace viva y habla, y camina, y sonríe, y sobre todo charla volublemente, en su bella casa y en los palacios de los privilegiados que gozan de su amistad, es­parciendo por doquier su perfume, sus son­risas, sus prohibiciones y sus favores y creando aquella manera de hablar por so­brentendidos, malignidades y fingidos estupores que constituye «el ingenio de los Guermantes», tan envidiado e imitado, aca­ba por convertirse en una encarnación, cortés pero intransigente, del refinado y exclusivista Faubourg Saint-Gérmain, in­accesible y adorado. Éste es el reino a que ha quedado reducida aquella señora sin feu­do.

Y todos cuantos la rodean son sus va­sallos, o sus aliados, o tolerados parientes. Sus veredictos son infalibles e irrevocables: desde la moda — por algo es la mujer más elegante de París — hasta la música, sus juicios se imponen. En el viejo barrio no­ble, del cual ella es cifra y compendio, Oriana de Guermantes conserva el viejo es­plendor y unas reglas casi monásticas: aun­que esas cosas hayan periclitado, la aris­tocrática y sonriente vanidad con que apa­rece en el palco de su prima la princesa — suprema aparición femenina en una gran obra de arte — es digna de una reina: los ojos, desde abajo, la buscan ansiosos, y los corazones, fascinados, se repiten unos a otros su dulce nombre.

G. Falco