Duques

En la segunda parte del Qui­jote (v.), el caballero manchego se ve aco­gido en tierra aragonesa por unos duques — cuyo título no se menciona — que le reciben con toda pompa y solemnidad, como si real­mente fuera caballero andante y las histo­rias de los libros fueran verdad.

La broma es cruel, larga e implacable, y acaba de confirmar a Don Quijote (v.) en sus creen­cias, que nunca habían sido muy seguras, precisamente cuando ya su mente evolu­cionaba hacia la cordura. Los medios em­pleados en la burla son complicadísimos: se envía a Sancho Panza (v.) a una «ínsula», un pueblecillo donde muy pocos están enterados del asunto, para gobernar, y se des­pacha un correo hasta la aldea de Don Qui­jote para informar del nombramiento a la mujer de Sancho, Teresa Panza (v.); se or­ganiza un inmenso espectáculo nocturno en el bosque para fingir la aparición de Dulci­nea encantada y convencer a Sancho de que se dé tres mil trescientos azotes en las po­saderas…

Pero, a pesar de que Don Quijote y Sancho queden escarnecidos y asenderea­dos, Cervantes se venga sutilmente de la estupidez de los duques, más tontos, dice él, que sus propias víctimas, pues tanto em­peño ponen en burlarse de dos que suponen tontos. Así, la duquesa, aunque logra ob­tener de Sancho el reconocimiento de que su amo está loco y él también, puesto que le sigue, resulta moralmente derrotada cuando el escudero declara renunciar al go­bierno prometido si la duquesa cree real­mente que él es un tonto inepto, y sobre todo, si cree que el tal gobierno ha de redundar en perjuicio de la salvación eterna de su alma.

Y por su parte, el duque se ve humillado porque Sancho gobierna mejor que el mismo duque, y cuando es sometido a una burla demasiado cruel, abandona dignamente el fingido gobierno y se aleja, pobre y melancólico. También a la du­quesa le sale del revés la broma cuando su dueña doña Rodríguez toma en serio al caballero andante y le pide que defienda el honor de su hija. P

ero sobre todo, de aquí procede la máxima humillación del duque, que, cuando pone un lacayo suyo a combatir con don Quijote, fingiendo ser el seductor de la doncella, se encuentra, «colérico y suspenso en extremo», con que el ficticio seductor renuncia al duelo porque prefiere casarse con la seducida, por poca honra que le quede. Con perversa mez­quindad, el duque destroza aquella solución que haría felices a varias personas,  pero que a él le dejaría en ridículo ante sí mis­mo, como bromista fracasado: castiga al la­cayo y le manda a la guerra, y a la pobre ex doncella la encierra en el convento.

Sin embargo, sólo hasta Heine, ya después de la Revolución francesa, se ha empezado a poner el lector del Quijote de la parte del hidalgo y de su escudero contra los duques, que durante mucho tiempo habían sido co­reados en las estúpidas bromas de su ocio por la carcajada general del público lector.

J. M.a Valverde