Protagonista del drama romántico español de su mismo nombre (v.) de Juan Eugenio Hartzenbusch (1806-1880). Doña Mencia no es sin embargo una figura romántica, ya que su |presentación y su aventura interior recuerdan más bien los héroes de la tragedia antigua, víctimas de un destino con el que luchan en vano.
Mencia se debate, con toda la violencia de su exagerados impulsos vitales, entre golpes que no provienen — o pueden no provenir — de su voluntad y que, en todo caso, escapan al dominio de ésta. En ella no se produce el conflicto interno de la pasión con el pensamiento moral y la voluntad, que constituye el eje de todo el mundo cristiano-romántico estructurado alrededor del libre albedrío. La expiación que mediante los votos monásticos se impone a sí misma y a su hermanastra — enamorada y por consiguiente mal dispuesta a tal sacrificio — de la vergüenza herética que pesa sobre su familia, no es en ella una libre decisión, sino una inevitable aquiescencia a la religiosidad española, rígida como una ley cósmica en su desdeñosa condena de los sospechosos de herejía; y la pasión amorosa a que pasa de golpe su árida austeridad, como a un exceso opuesto, llevándola a atropellar sin sombra de remordimiento el corazón de la hermanastra, a la cual roba el novio, no se explica ni se acepta, por esa misma ausencia de emoción y de contrastes, si no es como el resultado de un irresistible determinismo.
Cuando en su marido descubre a su propio padre, aunque el matrimonio no haya sido todavía consumado, entramos decididamente en un clima esquiliano, en el que el incesto no es un tema de pasiones en pugna con la razón, sino un crimen y una pena infligidos al hombre ignorante por un destino enemigo e insondable. En este sentido son reveladoras las palabras con que doña Mencia resume y califica su aventura: «Déjame acusar al Cielo, ya que él permite que sólo un hombre llegue a conmover mi frialdad, y este hombre me está prohibido por la Naturaleza». Y como el hado, cuando no se acepta, sólo se esquiva aniquilándose, el suicidio de Mencia — último de sus excesos fisiológicos — puede ser interpretado como una consagración pagana a los dioses infernales.
F. Carlesi

