Don Julián

En Los Pazos de Ulloa (v.), el acierto excepcional entre la obra novelística de la condesa Emilia Pardo Bazán (1852-1921), ocupa la figura del jovencísimo capellán don Julián un papel primordial, pero no de protagonista, sino más bien de testigo central y víctima.

Re­cién ordenado sacerdote, dulce y tímido más aún por carácter que por edad, es enviado de capellán y, al menos teórica­mente, de administrador, al Pazo de Ulloa, donde don Pedro de Moscoso perpetúa una estirpe feudal aunque, en realidad, quien gobierna y manda en la comarca es el ma­yordomo Primitivo, cuya hija Sabel le ha sido útil para ligar aún más a su señor: un chiquillo corretea por la casona, sucio y soez, hijo del noble y de la campesina. De todo esto tarda en percatarse la inocencia del buen capellancito, aunque desde el pri­mer instante advierta la triste situación de la casa, y los intentos de seducirle hechos por la desvergonzada Sabel.

Su solución ofrecida es incitar a don Pedro a casarse con una de sus primas de la ciudad, preci­samente de la familia a cuya sombra Ju­lián ha podido cursar estudios eclesiásticos. No sirve de nada el matrimonio, del que nace sólo una niña, y no un heredero varón, como deseaba el aristócrata: todo se hunde cada vez más bajo el poder del taimado mayordomo, que llega a intentar el asesi­nato de don Julián, intento del que no llega a darse cuenta ni aun después que le salva don Pedro, el cual no se atreve a mo­ver un dedo, a pesar de todo, contra su omnipotente mayordomo.

Desinteresado por la política local, las elecciones, y por todo lo que no sea el triste destino de la joven señora y de su niñita, don Julián sufre cada vez más: la desgraciada señora al fin le ruega que la salve, llevándose de allí, te­merosa de que acaben por matarla, a ella y a su hija. Y cuando el capellán fragua con ella la escapatoria, irrumpe iracundo el marido, creyéndose infamado, y don Julián ha de escapar solo. Pero al salir en­cuentra el cadáver de Primitivo, muerto en una emboscada.

Detrás de él ya no hay tragedia, pues, sino que se cierra el círculo de una desesperación quieta. Don Julián, como fórmula de transacción entre la con­dena episcopal y la indulgencia, es envia­do a una aldeílla perdida, durante diez años, a cuyo término vuelve como párroco a Ulloa, donde sólo le cabe derramar sus^ lá­grimas sobre el sepulcro de la joven señora extinguida en lento martirio, mientras se le aparecen, crecidas ya, las figuritas del hijo ilegítimo y la hija legítima de don Pedro, cuya peripecia narrará la novela La Madre Naturaleza (v.). El personaje de este curita, apocado y nervioso, está trazado inicialmente con cierto simplismo, como acentuando su contraste frente a los hombres del pazo: el sufrimiento le confiere creciente humanidad, hasta la definitiva maduración, que coincide con su eclipse, camino del destierro en una apartadísima parroquia.

J. M.ª Valverde