Julián Sorel

[Julien Sorel]. Es el pro­tagonista de la novela de Stendhal (Henri Beyle, 1783-1842) Rojo y negro (v.), y documenta el tipo humano preferido del autor, que le consideraba el más represen­tativo de su época, inmediatamente poste­rior a la epopeya napoleónica.

Julián Sorel es prácticamente un ambicioso que desea abrirse camino sea como fuere; pero es ge­neroso, y hasta cierto punto podríamos de­finirlo como un idealista cuya meta se halla en la tierra y entre los hombres, sin dejar por ello de ser un ideal. Lo que Sorel busca puede cifrarse en tres palabras: amor, ri­queza y poderío; pero no se trata, en rea­lidad, de objetivos que constituyan un fin por sí mismos, sino más bien de símbolos de una intensidad de vida que el Romanti­cismo (v.) soñaba sin haber logrado pre­cisar sus contornos; en estas tres palabras: amor, riqueza y poderío, debe verse la ex­presión de un heroísmo cuya actividad ha­bía descendido de la esfera ética a la de la vida social.

Los dos grandes ideales hu­manos, la gloria y la religión, fuentes vivi­ficadoras de toda epopeya, se habían ex­tinguido: la una, el «rojo» del uniforme militar, caída con Napoleón, era incapaz de atraer a los espíritus de la nueva generación; la otra, el «negro» del hábito sacerdotal, había sido abatida por el si­glo de la Ilustración (v.). Sin embargo, en una sociedad de gente nueva, atenta sólo a la conquista de la riqueza y del bienestar, los más dignos son todavía aquellos que alcanzan los más altos peldaños sociales, en el orden militar o en el eclesiástico, conservando el sentido de aquellas grandes formas, ya que no la fe en su valor esen­cial.

Julián Sorel lo sabe, y, bajo tal as­pecto, representa el más sutil intérprete del Romanticismo y de su mal. El equívoco romántico consistía precisamente en una gran ambición cohibida, en la incapacidad de formular ideales que trascendieran de­cididamente el poder social, y en el des­precio por las personas indignas que al­canzaban este poder y que con su vi­leza hacían perder a los mejores el afán de medirse con ellos. Sorel participa en este equívoco, pero lo denuncia abierta­mente, y, en lugar de retirarse de la lucha, la acepta valiéndose de las Tínicas armas con que los más inteligentes pueden com­petir con los más fuertes: la lucidez, la paciencia, el disimulo y la hipocresía.

No por ello debemos creerle un hombre frío ni un calculador, ni siquiera un hipócrita; Julián no, hace más que doblegarse a la necesidad, >’su actitud es algo postizo, sin lo cual no tendría más recurso que refu­giarse en el amargo descontento de los ro­mánticos. Con él nace el tipo del hombre que construye su propia personalidad, ab­solutamente dueño de sí y más allá del bien y del mal; más tarde, esta desvincu­lación de toda tradición ética se convertirá en un fin en sí misma, en la forma de un nuevo heroísmo puro, y nos hallaremos ante el héroe decadente, cuyo tipo último y más perfecto habrá de ser el Lafcadio (v.) de Gide.

Pero Julián Sorel, más com­plejo y más rico que Lafcadio, quiere lo­grar, a través de ese dominio de sí mismo, el dominio de los demás y, al mismo tiem­po, alcanzar un nivel social que siempre es una forma de grandeza y de idealismo, siquiera sea una forma vacía. Lo que ocu­rre es que en su obra maestra hay un error, en su sutil y paciente control de su espíritu hay un eslabón que, en un deter­minado momento, falla. Y llega un punto en que aquella buena fe que en Sorel es­taba oprimida y latente toma ciegamente las riendas, y entonces Julián destruye su obra sin reflexionar.

Cuando su juego pa­ciente parecía dar vida al inesperado pro­digio de un gran amor, y una mujer, con una carta desdichada, destruye aquel don, Julián habrá de rebelarse con una furia que mantendrá, a pesar de todo, la apa­rente frialdad en él habitual, y el pistole­tazo que debería dar la muerte a su ene­miga señalará su propia ruina. Condenado a muerte, Julián no podrá hacer otra cosa que arrostrar serenamente su irremediable derrota, consecuencia de su error: no es posible construir una existencia artificial porque, si falta en ella todo elemento vivo, viene a confundirse con el no ser, y, por poco que la vida se infiltre en ella, toda la construcción se derrumba.

Y en­tonces, en la imposibilidad de una verda­dera y palpitante grandeza, es mejor el desprendimiento completo, la paz de quien renuncia a todo aunque sin lamentar ni añorar nada. Si, durante su vida, Julián había apuntado decididamente a aquel blan­co que los románticos no se atrevían a confesar que fuera el suyo, en su muerte renuncia, con igual decisión, a todo cuanto aquéllos no sabían renunciar. En ninguno de los dos casos se ha alcanzado una fe, pero en uno y en otro se ha mantenido rigurosamente una coherencia.

U. Déttore