Don Juan de Mendoza

Protagonis­ta de la comedia Las paredes oyen (v.), de Juan Ruiz de Alarcón (1581-1639). Caba­llero pobre y feo, pero valeroso y leal, a medio camino entre la astucia y la timidez, don Juan de Mendoza va progresando de continuo en la amable carrera que con otros sostiene por el amor de doña Ana, en tal forma que, a pesar de permanecer a la sombra y casi en la intriga de los engañosos chismorreos que don Mendo y el duque inventan para su apasionada contienda de enamorados, su figura logra la necesaria fuerza para convertirle en el verdadero pro­tagonista de la deliciosa aventura.

Esa fuer­za y esa concreción de su carácter se logran, contrariamente a lo que suele ocurrir, a fuerza de sustracciones, de disminuciones, hasta tal punto que en algunos momentos parece que don Juan deba deslizarse fuera de la comedia y desaparecer, precisamente cuando más se afirma su inevitable nece­sidad y su seráfica gracia. No todo, en sus actos, está claro, y nada o casi nada hay en ello de heroico o de arriesgado; pero todo se salva o redime por un tono de natural elegancia que precisamente se vale de la inferior valentía — o quizá la autén­tica valentía consiste precisamente en ese saber aguardar — de evitar los peligros no absolutamente necesarios y bajar el rostro incluso cuando «la Aurora alumbra bastan­te para reconocerlo». Quizá sería más justo llamarla paciencia, y entonces muy bien podría decirse que don Juan es el héroe de la paciencia amorosa.

G. Testori