Este personaje, protagonista de los dos dramas que se complementan titulados El tejedor de Segovia (v.) — el segundo de Juan Ruiz de Alarcón (1580?-1639), el primero de autor incierto, pero en nada inferior al otro —, es una de las más briosas figuras del teatro español del Siglo de Oro y a la vez un curioso anticipo de los héroes románticos, tanto por su perfil propio como por sus aventuras novelescas, dignas de un Alexandre Dumas (padre) o de un Fernández y González.
La calumnia y la desgracia le obligan a fingirse muerto, en emocionante escapatoria del asedio en una iglesia por un túnel subterráneo: bajo el aspecto de tejedor segoviano y el nombre de Pedro Alonso, vive hazañosas peripecias, incluso como capitán de bandoleros, para recuperar al fin hermana, esposa, nombre, honor y favor. Pero lo que más nos interesa subrayar aquí es la fisonomía concreta, activa, de este héroe, que se aparta del acartonamiento usual en su atmósfera escénica para tomar dinamicidad de héroe de historietas actuales a la americana: él no se limita a esgrimir la espada, sino que urde escapatorias de prisión, combate incluso con medios no caballerescos, sino «de urgencia», y, nuevo Escévola, se arranca en una evasión los pulgares atados para quedar con las manos libres.
Su voz, también, tras el formalismo de la redondilla, asume una concreción emocionada y un poco misteriosa: es más un «individuo» que un «tipo», saliéndose así de los moldes de su tiempo. En más de un sentido, don Fernando Ramírez, «el tejedor de Segovia», está emparentado con Juan Lorenzo y con los personajes de García Gutiérrez, pero su acento tiene la autenticidad sin arqueología del verso nacido en su propio momento — y sin embargo, afortunadamente, menos dosis de envaramiento retórico de la que sobrelleva, por ejemplo, un Peribáñez lopesco.
J. M.a Valverde

