Don Casmurro

[Dom Casmurro]. Es, en la novela de su mismo nombre de J. M. Machado de Assis (1839-1908), el so­brenombre del protagonista Bento Santiago, que, ya avanzado en edad y viviendo en una soledad relativamente próspera, qui­siera unir entre sí los dos extremos de la vida, «restaurando la adolescencia en la vejez».

Para ello se hace construir una casa que, incluso en sus pormenores de or­namentación y mobiliario, reproduce exactamente aquella en la que transcurrió su infancia. Pero el resultado es sólo una vana apariencia: «no he logrado recomponer lo que fue y menos aún lo que fui». «Si sólo me faltasen los demás, menos mal; un hombre se consuela siempre más o menos de las personas perdidas; pero lo que echo de menos es mi propio yo, y esta falta lo es todo». Sea como sea, las apariencias son un trampolín para el recuerdo, y Bento se inclina a pensar que escribiendo sus memo­rias logrará tal vez reunir a su alrededor las sombras de los que fueron, devolver la vida a las apariencias materiales y revivir a su vez lo que anteriormente vivió.

Po­dría decirse que esta obra es precursora de la de Proust, y como ella una «búsqueda del tiempo perdido». Empieza el relato en el momento que para el protagonista marca el tránsito de la infancia a la adolescencia, o sea cuando, obligado a decidirse entre el sacerdocio a que le destina un voto de su madre y el amor que en su corazón acaba de descubrir por Capitú, la vecinita que fue su compañera de juegos, comprende que este amor es más fuerte que su supues­ta vocación, nacida únicamente de su na­tural docilidad para con su familia.

La mayor parte de la novela está ocupada por la lucha sorda entre el amor y la obedien­cia, y alrededor de esta lucha se mueve un pequeño mundo «carioca» maravillosa­mente pintado del natural: así lo que em­pieza como una anticipación proustiana de­riva en novela realista-psicológica, en la que la verdad de los sentimientos aparece siempre muy atinadamente pintada y nunca deja de estar presidida por una aguda valo­ración moral. La aventura personal de Ben- to está íntimamente entretejida con la tra­ma de otras aventuras de aquel pequeño mundo, y en el lento transcurso del tiempo Bento puede hacerse la ilusión del éxito, ya que escapa a la tonsura, se casa con Capitú y ésta le da por fin un hijo.

Pero cuando contempla a ese hijo, no descubre en él su propio retrato, sino el retrato de su amigo Escobar. De aquí sospechas que no tardan en convertirse en certidumbres. Engañado por la mujer amada y por su mejor amigo y engañado por el hijo en el cual no puede ver la continuación de su ser, Bento no es sin embargo hombre para vengarse: a lo sumo, sueña en una vengan­za que no lleva a cabo. Mientras tanto, el tiempo va segando vidas tras él y a su al­rededor, hasta dejarle solo, decepcionado y cada vez más encerrado en sí mismo. Entonces nace el personaje de don Casmurro (Casmurro significa huraño, ensimisma­do).

Pero ese ensimismamiento es dema­siado para él, que siempre fue un tímido, un emotivo y un imaginativo, incapaz de rebelión y de enérgica afirmación de su yo e inclinado a dejar obrar a los demás y a entregarse, o mejor a dejarse deslizar fuera de la realidad. «He aquí a alguien que, por poco que se deje llevar por las emociones, no hará gran carrera en el mun­do», se había dicho de él cuando joven. Y la vejez no le cambia: lo único que Ben­to aprende es a defenderse no entregándose con demasiada facilidad, a no conmoverse más que en lo más íntimo del corazón y a evitar que su emoción asome en sus rela­ciones con los demás.

Helo aquí recordando y reviviendo, como si la empezara de nue­vo, en sí y para sí solo, su vida. Pero él no es en gran parte más que el espejo de esa vida que se desarrolla a su alrededor y que le arrastra. Y por ello sus cualidades son las del mismo Machado de Assis : una inteligencia comprensiva y cordialmente irónica «cuyo léxico es la simpatía». Por ello no es ni siquiera un verdadero «cas- murro» ni tampoco el personaje dominante: más vivos que él aparecen en la novela otros personajes «vistos» y «revividos» por él, y entre ellos principalmente dos: Capi­tú, mujer completa, y el «agregado» José Dias, tipo algo caricaturesco del brasileño medio, maestro en el manejo de los super­lativos, que le permiten dar a las ideas, cuando las tiene, proporciones monumenta­les y, cuando no las tiene, le sirven para alargar sus frases.

A. Dabini