Don Carlos

Hijo primogénito de Fe­lipe II (v.), rey de España, encarcelado por su padre por razón de su carácter extraño y violento y de un intento de fuga, y muerto al cabo de seis meses de cárcel a consecuencia de abusos con los que volun­tariamente apresuró su fin (1545-1568).

Su trágico destino y el mismo misterio que rodeó su muerte hubieron de suscitar al­rededor de su persona y del drama de que fue víctima una leyenda, en la que la verdad histórica fue idealizada o alterada y que halló alimento en la espontánea sim­patía por la desventura y en la animadversión que hacia Felipe II, campeón del absolutismo monárquico y eclesiástico, han sentido muchas personas.

Vino a fomentar aún más esa leyenda la muerte, acaecida tres meses después de la de don Carlos, de la reina Isabel, tercera esposa del rey, por la cual aquel extraño y rebelde príncipe había demostrado siempre una singular reverencia, a la que ella había correspondido con pruebas de compasión e intentos de mitigar la oposición entre padre e hijo. Y la triste realidad y la leyenda compasiva no podían dejar de inspirar a la poesía, que convirtió los casos de Carlos, Isabel y Felipe en un auténtico ^ mito moderno, comparable a los mitos clásicos de Argos y de Tebas.

Fiel a la interpretación que la historiografía española daba de los he­chos, Diego Jiménez de Enciso (1585-1634), en su drama El príncipe don Carlos (v. Don Carlos), nos presenta el conflicto de dos caracteres opuestos colocados por el destino el uno junto al otro: un contraste entre la pasión indisciplinada, personificada por don Carlos, extravagante, huraño, vio­lento y, en su desordenado fervor, ansioso de muerte y de disolución, y el rigor de la ley, que debe fatalmente contener o so­focar aquella pasión y que se ha conver­tido en persona viviente en el rey, imbuido de sus deberes de soberano y dispuesto a acallar todo afecto personal si así lo exige su misión.

En ese drama no figura la reina Isabel: el objeto del amor o mejor de una pasión caprichosa y alocada de don Carlos es Violante, la desdichada hija del duque de Alba. En cambio, doña Isabel es, junta­mente con don Carlos, la protagonista de la Nouvelle historique de don Carlos (v. Don Carlos), de César Vischard, abate de Saint-Réal (1639-1692), el cual desarrolla según una coherente trama novelesca la leyenda del infeliz amor de la reina y del príncipe que, antes que él, había apunta­do Brantóme (1534-1614) en alguna de sus Vidas de las damas ilustres (v.) y en alguna obra histórica o polémica.

Para Saint-Réal, el hijo y la consorte de Felipe II son dos espíritus elegidos que se hallan ligados, más aún que por una antigua promesa de matrimonio, por una nativa afinidad y que, a pesar de la intensidad de su amor, son capaces de inmolar sus sentimientos en aras de las leyes divinas y humanas: solos en el ambiente de la Corte, que por bajas codicias, amores vulgares y afanes de ven­ganza se ha conjurado contra ellos, y del cual Felipe, más que el señor parece ser el instrumento, ambos están destinados a sucumbir, como en efecto sucumben uno tras otro (Carlos obligado a suicidarse e Isabel envenenada), no por haber cometido ninguna culpa, sino por las sospechas sus­citadas en el alma del rey por la princesa de Éboli — cuyas insinuaciones amorosas habían sido rechazadas por el príncipe —, por los ministros contrarios a aquél, y por don Juan (v.), enamorado de la reina.

En esta novela se inspira la tragedia Don Car­los (v.), del poeta inglés Thomas Otway (1652-1685), que vio en Felipe a un nuevo Otelo (v.), aunque menos generoso y más cruel, y en Carlos e Isabel unas víctimas de aquellos furibundos celos y de aquella maldad humana; víctimas unidas por un amor más fuerte que cualquier vínculo, pero inocentes de toda culpa, que abierta­mente confiesan sus sentimientos, antes de perecer entre terribles torturas. Pero la figura de don Carlos y su drama adquieren una nueva significación al difundirse el espíritu y la pasión de la libertad: en Carlos, príncipe dotado de todas las cualidades nobles, pero impotente para ponerlas en práctica por culpa de la opresión paterna, Alfieri (1749-1803) sintió la tragedia de una voluntad a la que un monstruoso poder niega toda posibilidad de acción y que no puede hallar otra razón de ser más que la muerte.

En su Felipe (v.), inspirado en la lectura de Saint-Réal, Carlos es la víctima del odio inhumano de su padre, que naturalmente tiende a negar toda voluntad que no sea la suya, y principalmente cuando se trata de aquellos que están más próxi­mos a él. Y ni siquiera el amor por Isa­bel, correspondido pero sofocado en una y otro, puede servir de consuelo al desdi­chado y sólo contribuye a apresurar su fin y a arrastrar en la catástrofe a la amada, con la cual se da muerte en la cárcel, ante los ojos del rey.

Análogas ideas ins­piran el Don Carlos (v.) de Friedrich Schiller (1759-1805), el cual por otra parte amplía las proporciones del drama, aco­giendo en él los elementos novelescos que el poeta italiano construyera y erigiendo en asunto de su tragedia no tanto el con­flicto de las dos voluntades opuestas del padre y del hijo, como el de dos principios contrarios, de dos irreconciliables concep­ciones de la vida: la absolutista, que niega al alma todo movimiento libre, y el ideal de una humanidad no sojuzgada por nin­guna coacción y unida por los vínculos del amor.

Por ello la figura de don Carlos que­da oscurecida por la de su amigo el Mar­qués de Posa (v.), que personifica aquel ideal humanitario y obra en su nombre, reanimando al joven príncipe atormentado por su amor infeliz e intentando conquis­tar el alma del rey; y Felipe actúa, más que por voluntad deliberada de hacer el mal, por sumisión al principio del cual se ha erigido en campeón haciéndose así víctima de cuantos excitan sus celos e ins­trumento de la Inquisición, que en el prín­cipe condena al generoso amigo de Posa, sobre cuya frente resplandecía una lumi­nosa esperanza. En cambio, en la tragedia Don Carlos, Infante de España (v. Don Carlos), de Friedrich de La Motte Fouqué (1777-1843), que baraja la reciente tradi­ción schilleriana con la más antigua tra­dición española, en su romántico gusto por los contrastes raros y pintorescos, don Carlos aparece como un nuevo Hamlet (v.), uno más entre los forjados en tan gran número por los autores románticos a imi­tación de la gran criatura shakespeariana.

En efecto, este don Carlos, a diferencia de los personajes lineales de Alfieri y Schiller, debe dejar sin resolver, según se dice en el drama, el problema de su verdadera na­turaleza: ¿es un genio o un loco, un diablo o un dios? Indudablemente el amor por la reina le transfigura, revelándonos su índo­le generosa, que apenas asomaba en sus actos violentos y en sus despectivas pala­bras; pero sus acciones incoherentes y sus contradictorios afectos sólo pueden condu­cirle a una catástrofe deplorable y sin luz. Así, con los románticos, el puro héroe, grande en su misma derrota, tal como lo querían los amantes de la libertad a fines del siglo XVIII, vuelve a convertirse en un individuo enigmático y extraño, que en su singular destino parecía haber nacido adrede para encarnar el tipo del personaje «romántico».

M. Fubini