Carlos Bovary

[Charles Bovary]. Es el esposo de Emma Bovary (v.), heroína de la novela de este nombre (v.) de Gustave Flaubert (1821-1880). Desde las pri­meras páginas aparece como un muchacho tímido, escarnecido por sus compañeros, pero acompañado ya por la compasión y simpatía del autor, en un mediocre pen­sionado al que sus padres acaban de llevarle.

Llegado a médico rural, se casa con una viuda porque así se lo exige su madre, que ha equivocado su elección, pues los bienes de la mujer son tan s(>lo aparentes. No obstante, se porta como un buen ma­rido, afectuoso, trabajador, probo y dócil, con rasgos aún infantiles. En casa de los Rouault, a donde es llamado para curar la pierna fracturada del padre, conoce a Emma, y se siente turbado (primer detalle con que el escritor manifiesta aquí un sen­timiento amoroso) por las finas uñas de la gentil señorita.

Viudo al cabo de poco tiempo, pide formalmente su mano; Emma, al tomar el apellido de Carlos, se convierte, a la vez que en su esposa, en una de las grandes heroínas románticas del siglo XIX, en tanto que Carlos, personaje esencial en el plan de la novela, en contraste pero no en oposición con aquélla, y al que Flaubert nunca abandona ni pierde de vista, con­tinúa siendo el médico escrupuloso, el hijo dócil y el esposo amantísimo.

Su gran bondad es reconocida por la misma Emma, que dice y repite a León, uno de sus aman­tes, que Carlos es «bueno», y ello sin dis­gusto ni ironía, sino más bien, quizá, con cierto remordimiento. Cuando Emma, aban­donada por Rodolfo, enferma gravemente, Carlos llora con sincera aflicción. Luego, durante su convalecencia, la acompaña del brazo por el jardín de su casa, en una página de inefable y desgarradora ternura: aquí, más aún que en las escenas culmi­nantes, la emoción ha conseguido también vencer al inexorable clínico del «costum­brismo provinciano». Mientras bajo la lám­para del hogar Emma sueña en el galope de cuatro caballos y en la huida hacia los países de la fantasía y el amor, Carlos pre­siente a su hijita convertida en mujer fe­liz, gracias al trabajo y a los sacrificios que él no habrá de regatear.

Así son en­salzadas la figura y el alma del pobre mé­dico. Tras el envenenamiento de su mujer, la desesperación que le invade le deja, no obstante, el respiro suficiente para ordenar costosas honras fúnebres a la difunta; aun­que arruinado a medias y acabando por es­tarlo totalmente a causa de las deudas ver­daderas y falsas que aquélla dejara y que él debe pagar, realiza diarias y desconso­ladas peregrinaciones al cementerio. Al des­cubrir, por las cartas, los adulterios de la infeliz, recibe un golpe definitivo, y mue­re poco después, de amor y de dolor. An­tes, empero, debe acabar de manifestarse completamente el personaje.

Encuentra a Rodolfo y le dice, heroico hasta parecer vil: «No os guardo rencor». Luego se des­pide del amante con una expresión que es la única notable de su vida: «Fue una fa­talidad». Su madre no hubiese perdonado; y Carlos, antes de morir, se rebela contra su existencia de hijo bueno y obediente (nota dominante de su temperamento) y aun contra sus deberes de padre para unir­se nuevamente,-con el aparente sacrificio de su dignidad, al ser a quien solo él no había despreciado o alejado.

G. Falco