Don Álvaro

Protagonista del drama romántico Don Álvaro o la fuerza del sino (v.) del duque^ de Rivas (1791-1861). Don Álvaro — el héroe romántico perseguido por una fatalidad contra la que nada pue­den las fuerzas humanas, por muy puros que sean los principios que las inspiren — recuerda algo a los famosos personajes de la tragedia griega víctimas de la «ananké».

Sin embargo, en don Álvaro desempeña un pa­pel importante el elemento religioso: hasta el último momento — y en ello demuestra su catolicismo opuesto al fatalismo calvi­nista — se resiste a reconocer la espantosa fuerza de la predestinación y sólo sucumbe cuando todo su mundo parece haberse de­rrumbado ante él. Don Álvaro, en Sevilla, adonde ha llegado de regreso de las In­dias, se enamora de Leonor, hija del mar­qués de Calatrava, y es correspondido por ésta. Pero la hostilidad del marqués les induce a intentar la fuga.

Descubierta su tentativa, don Álvaro entrega su pistola al marqués, pero la pistola cae, se dispara y el tiro da muerte al anciano. Don Álvaro, herido por los servidores de éste, huye. En los campos de batalla de Italia busca la muerte, pero la muerte parece no querer nada con él.

Por el contrario, después de haber salvado a un hijo del marqués de Calatrava, don Álvaro, al ser reconocido, se ve obligado a darle muerte en desafío. De vuelta a España busca la paz en un monasterio cerca de Córdoba, pero aun en aquel yermo le persigue la venganza de los Calatrava: un segundo hijo del mar­qués va a su encuentro, le provoca y muere también en duelo. Pero poco antes de mo­rir da muerte a su vez a su hermana Leonor, que disfrazada de ermitaño hacía penitencia en una cueva de aquel monte y a quien don Álvaro ha llamado, creyéndolo un hombre, para que asistiera en sus últi­mos momentos al moribundo.

Don Álvaro entonces se da muerte precipitándose des­de una roca. En esa vida llena de te­rribles acontecimientos y de una concate­nación de aventuras más terrible aún, don Álvaro es una criatura viva que pasa de uno a otro estado de ánimo y que reaccio­na, lucha y combate para sobrevivir. Pero cuando se arroja desde lo alto del peñasco, su gesto tiene el significado de una desesperada renuncia: la renuncia a la fe en la bondad humana y la renuncia a lu­char contra las fuerzas invisibles que rigen el mundo.

E implícitamente, la renuncia también a su eterna salvación. Pero debe observarse que esta conclusión no ha sido aceptada por los sucesivos refundidores del tema. Y así, desnaturalizándolo y en cier­to sentido sublimándolo ingenuamente, des­aparece la escena del suicidio en la Forza del destino, de Verdi, donde aquél es sus­tituido por la promesa y aun la certidum­bre del perdón divino, que Leonor, már­tir inocente, obtiene para su desdichado amante. Lo cual, preciso es reconocerlo, no quiere decir ni mucho menos que la creación poética del duque de Rivas admita comparación con el torpe arreglo de F. M. Piave.

R. Richard