Dómine Cabra

Personaje de la novela picaresca La vida del Buscón (v. Buscón, El) de Francisco de Quevedo y Villegas (1580-1665). Dice un proverbio español: «Pasa más hambre que un maestro de es­cuela», y, desgraciadamente, durante mu­chos años enseñanza e indigencia han po­dido llamarse hermanas.

Dómine Cabra es el arquetipo de todos los maestros pobres de España; Pablo de Segovia (v.) le conoce al ser enviado, junto con su señor y com­pañero don Diego, a la pensión para estu­diantes que aquél dirige en Segovia. Pero Dómine Cabra no sólo es pobre para sí mis­mo, sino también para los demás, y todo lo que una caricatura inteligente y moderna pueda expresar acerca de la avaricia, miseria y suciedad de un personaje similar lo ha volcado Quevedo sobre la figura del famoso profesor. Su físico responde a su alma: «Su nariz — dice Pablos — era roja de las pústulas que se le originarían del resfriado, que no del vicio, pues esto cues­ta dinero.

Las barbas descoloridas de mie­do de la boca vecina, que, de pura ham­bre, parecía que amenazaba comérselas… el gaznate largo como avestruz/ con una nuez tan salida, que parecía se iba a bus­car de comer forzada de la necesidad».’ Y si su miserable aspecto da a entender que no se afeita por ahorrar y que duerme «de un lado, por no gastar las sábanas», no de otro modo procede con los alumnos. A su mesa, y en escudilla de madera, se comía un caldo tan claro «que al mirarlo se corría más peligro que Narciso en la fuente»; y la carne que los criados llevaban a la mesa parecía arrancada de sus mismos cuerpos, tal era su delgadez.

Y todos, desacostum­brados ya de tiempo a comer, se llevaban una corteza de pan dos veces a los ojos antes de encontrar el camino de la boca. Como es natural, en la «Pensión Cabra» no existen los gatos, porque es inútil pensar que ninguno de ellos pudiera vivir de las sobras de una mesa en la que falta lo ne­cesario. No obstante, Dómine Cabra se di­ferencia de los célebres avaros de la his­toria (v. Avaro), desde los de Plauto hasta los de Molière y el de Balzac, en cuanto da justificaciones intelectuales a los estu­diantes. «Cierto que no hay tal cosa como la olla — decía, sorbiendo su escudilla —; todo lo demás es vicio y gula».

Y recomien­da las excelencias de una cena frugal con el fin de tener descansado el estómago y evitar los malos sueños. «Sólo una cabeza no ofuscada por los vapores de la digestión es capaz de elevarse hasta los conceptos aristotélicos». Estas enseñanzas encierran la fórmula pedagógica del Dómine Cabra, tipo que encontraremos sucesivamente en muchas otras obras maestras de la literatura española, y particularmente en la otra gran novela picaresca, el Guzmán de Alfarache (v.), que le sitúa en Alcalá de Henares, pa­tria de Miguel de Cervantes.

F. Díaz-Plaja