Diotima

Es la heroína de la novela Hiperión (v.), de Friedrich Hölderlin (1770- 1843), pero su nombre se halla ya en el diálogo de Hemsterhuis, dedicado a la «san­ta y pura alma de Diotima», en dos artícu­los de F. Schlegel, dedicados también a Diotima, y, originariamente, en el Banque­te (v.), de Platón, en el que Diotima es la misteriosa profetisa que enseña a Sócrates (v.) la verdadera naturaleza del amor.

Dio­tima es pues la sacerdotisa del amor, que en Hölderlin se encarna en la realidad de Susette Gontard, la joven y bellísima dama casada, cerca de la cual el poeta vivió casi tres años, como preceptor de sus hijos. El proceso de idealización de Susette empieza desde su primer encuentro con Hölderlin: «Existe en el mundo una criatura junto a la cual mi espíritu puede permanecer y permanecerá feliz durante milenios… Gen­tileza y elevación de ánimo, serenidad y ardor de vida, espíritu y forma se hallan reunidos en esa divina criatura».

Y poco a poco la mujer amada se convierte en al­guien «perdido en este siglo sin ideales y sin armonía», hasta llegar a personificar ‘ el propio ideal de la belleza. En este punto Hölderlin se desprende materialmente de Susette, pues ésta no es ya una mujer te­rrenal, sino sólo una forma divina: es lo eterno, lo infinito, la expresión perfecta de la alegría, de la armonía y de la paz. Su­sette ya no es más que Diotima, y Diotima es un alma que rebasa las realidades de este mundo para alcanzar el ideal, sin di­solverse, en la luz del Todo. Incluso en su figuración se observa una especie de pro­greso: a lo escultórico, al relieve plástico, sucede una expresión pictórica, hasta que por fin todo se convierte en pura música.

La luz que de Diotima emana ilumina ahora el presente y el pasado: Diotima se halla ya fuera de su espacio y de su tiempo. ¿Acaso el poeta no había recordado que las almas de ambos se habían encontrado ya en una época inmemorablemente remo­ta? ¿Acaso no había sabido que Diotima había vivido en la edad de oro de la Hélade y que ahora no representa otra cosa sino la imagen viva de aquella época fe­liz? Pero Diotima no podrá cumplir su mi­sión sobre la tierra, y por ello no tardará en reunirse con los espíritus elegidos. Mo­rirá víctima del alocado sueño de Hölder­lin, pero también en la realidad morirá como había muerto en la fantasía del poe­ta.

Su última carta a Hiperión (v.) con­tiene casi las mismas palabras y está es­crita casi en el mismo tono de las últimas cartas de Susette a Hölderlin: «¿Por qué no puedo decirte: ven y que sean verdad los bellos días que me prometiste? Pero es demasiado tarde, Hiperión, es demasiado tarde. Tu amada se marchitó… ¡Ay de mí! A menudo, bajo mi pérgola silenciosa, he llorado las rosas de la juventud. Iban ca­yendo ajadas, y sólo las lágrimas enroje­cían la mejilla de tu amada. Allí estaban los mismos árboles de siempre… Aquí es­tuvo una vez tu Diotima, Hiperión, ante tus ojos felices, como una flor entre flores, y las fuerzas de la tierra se derretían dul­cemente en ella; pero ahora es una ex­tranjera entre los capullos de mayo, y sus coincidentes, las dulces plantas, la señalan amablemente, pero ella sólo puede llorar, y aun así no se olvidaba de nada, sino que uno tras otro se despedía de todos los jue­gos de su juventud, y de los bosquecillos y de las fuentes que susurran».

Hiperión oye a Diotima todas estas palabras, como Hölderlin las oyó a Susette. Una ha tomado de la otra cuanto el poeta les enseñó: «nos separamos para estar más íntimamente uni­dos, en paz divina con el Todo y con nos­otros. Morimos para vivir». Hölderlin tuvo completa conciencia de la imposibilidad en que Susette se hallaba de seguirle en su más alto sueño; sabía también que ese es­fuerzo desesperado costaría la vida a la amada y que ésta moría para eternizarse en Diotima.

R. Bottacchiari