Son los protagonistas de una romántica historia de amor y de muerte (v. Los amantes de Teruel), que tuvo varias transcripciones en la literatura española hasta hallar su expresión definitiva en el drama de Eugenio Hartzenbusch (1805- 1880).
Sostenido por un amor contrariado que data de los inicios de su adolescencia, Diego es un Romeo (v.) que difiere del shakespeariano sobre todo porque en él vive un elemento que el poeta inglés ignoró : el pundonor. Diego reprime durante seis años sus sentimientos porque su orgullo— y además de su orgullo, el padre de Isabel — le manda conquistar fama y honor para ponerlos a los pies de la mujer amada.
Isabel le jura que se conservará pura para él, pero cuando viene a encontrarse en la necesidad de sacrificar su palabra para salvar el honor de su madre, falta a su promesa. Y aquél será precisamente el momento en que Diego llegará rico y confiado, después de haber renunciado al amor de una reina mora. En lugar de la fiel enamorada, se encuentra, a las puertas de la ciudad, con la noticia de las bodas recién celebradas.
Perdida la fe en la amada y en la fortuna, Diego desvaría imaginando terribles venganzas: «La desventura rompe los lazos entre el hombre y la virtud. ¡ Tiemble ahora mi rival y tiemble su esposa!» Y cuando Isabel, para evitar un encuentro fatal, le miente gritándole su odio, Diego cae muerto, víctima del amor y de la desesperación.
Su muerte — por una enfermedad moral que se transforma en un mal físico — tiene su lógico complemento en la muerte de su amada que, fuera de sí, proclama ante el cadáver de Diego su desesperado amor, un amor tan absoluto y total, que hace superfluos la espada o el veneno.
F. Díaz-Plaja

