Dafne

Notabilísimo personaje del mundo poético clásico que, especialmente después de la época hele­nística, gozó de gran fama. No obstante, como suele acontecer, las sucesivas versio­nes del personaje y de sus gestas a través de las diversas épocas hacen difícil su re­constitución historicopoética.

Se le han dado tres localizaciones distintas: Arcadia (río Ladon), Laconia (en Amicles) y Te­salia (río Peneo), pero su verdadero origen debe buscarse en Arcadia, aun cuando a menudo la tradición literaria, asimilando las tres versiones, las haya mezclado.

El carácter inconfundible y constante de Daf­ne reside en su retraimiento del amor y su voto de virginidad, en cuanto contrastan vivamente con su deslumbrante belleza, que le valió el insistente y apasionado amor de Apolo. Consagrada al culto de Diana, y, por ello, experta cazadora, despertó en el dios una pasión tan intensa que éste la persiguió infatigablemente en una carrera loca; a punto de ser alcanzada, rogó a su padre Peneo que la transformase en árbol para así sustraerse a los deseos del dios: y surgió allí repentinamente el laurel, que Apolo consagró a su propio culto en me­moria perenne de su primero y vano amor.

Así es narrada su historia por Ovidio en el libro primero de las Metamorfosis (v.), re­lato que, aunque influido ya por la tradi­ción precedente, es el más completo que poseemos. Dafne es el símbolo de la vir­ginidad que se ofrece a sí misma en holo­causto como complemento de su belleza, prerrogativas una y otra de la verdadera feminidad, que sólo cuando se muestra inasequible adquiere su valor efectivo.

Este aspecto del mito y del personaje fue el que interesó a los helenísticos y romanos, can­tores del amor insatisfecho y doliente, ma­nifestación de una intelectualidad estética que se satisface en la contemplación del propio dolor o en el sentimentalismo. Y la figura de Dafne-laurel floreció sobre anti­quísimos restos de religiones primitivas, con sus motivos fundamentales: persecución del dios, metamorfosis en laurel, virginidad y amor a la caza al servicio de Diana.

Ta­les elementos fueron introducidos en la poesía (de donde pasaron a toda la tradi­ción cultural antigua, incluyendo en ella las artes decorativas) por un poeta hele­nístico que probablemente sirvió de mo­delo (aun cuando ignoramos hasta qué pun­to) al mismo Ovidio, en cuanto a las situa­ciones y acción, y que fue conocido por Nonno, quien se refiere a menudo en sus Dionisíacas (v.) a la triste suerte de la vir­gen.

De la leyenda apolínea procede la de Elide, según la cual Leucipo, enamorado de la muchacha, vistióse de mujer para po­der acercársele, aconsejado por Apolo, ce­loso de su rival y decidido a perderle; sin embargo, no pudiendo eludir el baño en el río y descubierto por las compañeras de Dafne, fue atravesado por las flechas de sus arcos. De esta tradición, versificada por el desconocido poeta Diodoro Elaíta, sólo po­demos afirmar que presenta rasgos de una casi segura posterioridad en la acción y situación, a pesar de que permanecen in­ciertas sus relaciones con una tradición venerable.

I. Cazzaniga