Critilo

Personaje de la novela filosó­fica El Criticón (v.) de Baltasar Gracián (1601-1658). En el paralelismo de contrastes que domina el mundo alegórico del autor, Critilo, frente a Andrenio (v.), que es el hombre desnudo tal cual salió de las ma­nos de Dios, representa la civilización, la reflexión (upíaic,) y el hombre dantesca­mente experto «en los vicios humanos y el valor» que ya no ve en la vida más que cenizas, podredumbre y nada.

El camino que le ha llevado a tan desengañada sabi­duría ha sido el dolor. También él fue joven y rico y bebió en la copa del placer: el autor le hace nacer precisamente en América como para darle un fondo de le­gendaria y dorada felicidad. Un amor con­trariado le lleva al delito y a la cárcel, donde, a falta de amigos vivos, se dirige a los muertos, o sea, a los grandes espíritus de épocas pasadas y a sus obras, con lo que alcanza el conocimiento de toda ciencia. Ello desvanece ante sus ojos el hechizo de la vida y le hace comprender la vanidad del mundo.

Salido de la cárcel, se embarca hacia España en busca de su amada Felinda que le fue arrebatada juntamente con su hijo. Durante el viaje experimenta de nuevo la perversidad humana: el mismo capitán a quien confiara su vida le arroja al mar para apoderarse de los últimos res­tos de su fortuna. Es salvado por Andrenio, que vive en una isla desierta en estado sal­vaje y totalmente desconocedor de sí mis­mo, de su pasado y de sus padres; Critilo educa al joven y lo lleva consigo por el mundo en busca de Felisenda.

Su viaje es la misma existencia humana a través de sus tres etapas: juventud, madurez y anciani­dad. En realidad, vemos el instinto (An­drenio) constantemente sostenido y guiado por la razón (Critilo) que le pone en guar­dia contra los engaños del mundo; al final, revelándose uno hijo del otro, alcanzan ambos juntamente la virtud (la isla de la Inmortalidad).

Como Andrenio, Critilo no se aparta jamás de los tipos abstractos del símbolo, en el que, no obstante, la sinceri­dad del tono permite ver una figura salida, si no de la experiencia real, por lo menos, con seguridad, del sentimiento del autor. Desengañado del mundo moderno y de las terribles leyes que lo rigen, Critilo se re­fugia en una sabiduría salomónica oscura e inexorablemente pesimista en la que pue­de reconocerse la tendencia típica del es­píritu español, de «rehuir» la vida. No obs­tante, este pesimismo no desemboca en la «cueva de la Nada», sino que se manifiesta en forma de aislamiento moral, desprecio hacia las formas inferiores de existencia y aristocrático culto de los valores.

Critilo es, en realidad, el «hombre ideal», una transcripción española del «cortesano» re­nacentista. En su opinión, como posterior­mente en la de Nietzsche, quien conoció y tuvo como predilecto a Gracián a través de Schopenhauer, la humanidad no es más que un rodeo para llegar al superhombre, al artista y al héroe. La verdadera inmor­talidad otorgada al hombre es la de la creación.

C. Capasso