Crisorroe

Protagonista de la novela bizantina Calimaco y Crisorroe (v.) de autor anónimo. Ambos constituyen la acostumbrada pareja de belleza y pureza angelicales, propia de tantas novelas bi­zantinas; pero en ellos el elemento amoro­so aparece destacado del mundo casual de la aventura y unido a la pasión propia de los personajes caballerescos.

Crisorroe («co­rriente de oro»), muchacha de estirpe real, se halla celosamente custodiada en un cas­tillo por un dragón que ha dado muerte a sus padres. Llega un día al castillo Calama­co («valeroso combatiente»), hijo de un rey que ha determinado dejar el trono a aquel de sus hijos que más se distinga en actos de valor.

Enamorado de la joven, que no tarda en corresponderle, mata al dragón y vive feliz con ella hasta la lle­gada al castillo de un joven príncipe que, a su vez, viendo a Crisorroe, se prenda de la muchacha. Para apoderarse de ésta y del castillo, vuelve el príncipe a su país a reclutar un ejército. Pero allí cae en­fermo de amor. Le auxilia una vieja maga, quien le da una maravillosa manzana de oro: la persona que la lleve en el seno muere, pero puede ser resucitada si se le pone la manzana debajo de la nariz.

El príncipe vuelve al castillo con un ejército y, astutamente, da la manzana a Calimaco, con lo cual éste muere. Mientras tanto, los dos hermanos de Calimaco son advertidos en un sueño del grave peligro en que se halla. Se trasladan al castillo, recogen el cadáver de Calimaco y lo resucitan al po­nerle la manzana mágica bajo la nariz. Calimaco, disfrazado de mozo de jardinero, penetra en el castillo para ver nuevamente a Crisorroe, de la que se hace reconocer mediante un anillo.

Juntos otra vez ambos amantes, explican sus desventuras al rey de aquel país, quien, tras haber castigado a la hechicera a morir quemada, concede a los jóvenes que puedan vivir finalmente unidos y felices en su reino. Criaturas de un mundo esencialmente fantástico, sin otro contacto con la realidad que las influencias culturales y folklóricas, Crisorroe y Cali­maco nacen con una perfección no suscep­tible, física o moralmente, de un desarrollo interior: son figuras de una mitología sen­timental que ignora las relaciones con la vida. R. Cantarella