Personaje del diálogo de Platón (428/27-347 a. de C.) que lleva su nombre (v.). Gracias a un pasaje de la Metafísica (v.) de Aristóteles sabemos que fue maestro de Platón, y hubiera sido muy útil e interesante que éste nos hubiese dejado un diálogo entre él como discípulo y su maestro.
Pero la misión de encarnar el papel de Sócrates (v.) que Platón se ha impuesto le obliga también en este caso a una singular inversión: nos presenta a su futuro maestro todavía en su juventud y como respetuoso interlocutor de aquél. Más tarde Cratilo ingresará en la escuela de los neoheraclitianos; aun cuando Platón nos hable de ellos teóricamente y de manera muy explícita en el Teetetes (v.), le interesaba, no obstante, mostrarnos a uno de ellos en carne y hueso. Eran movilistas en extremo: ya no les bastaba con el «todo fluye» o el «nadie puede bañarse dos veces en el mismo río».
Si Heráclito tenía ante él la visión de la inestable Jonia, la base experimental de éstos era el espectáculo de una Atenas febril y ebria de perpetuas transformaciones. Para ilustrar esta doctrina que hoy día tendríamos por una especie de bergsonismo, nada mejor se le pudo ocurrir a Platón que escoger, como tema del diálogo, los orígenes del lenguaje y la investigación del significado oculto de las palabras. ¿Puede haber algo más fluctuante, alado y rico en metamorfosis y sorpresas? Junto con Hermógenes, Sócrates busca las más inesperadas etimologías.
Calla Cratilo durante toda la primera parte del diálogo, pero cuando Sócrates demuestra que la raíz de la mayor parte de las palabras indica la fluidez de todas las cosas, Cratilo no puede por menos que mostrarse completamente de acuerdo. Al final del diálogo Sócrates demuestra que, si todo cambia a cada segundo y mientras se habla, ello nos lleva a una carrera desenfrenada entre el sujeto que corre y el objeto que corre aún más de prisa, en cuyo caso aparece imposible todo conocimiento. En este punto Cratilo rehúsa seguir a Sócrates, duda y empieza ya a vislumbrarse la orientación de este futuro heraclitiano.
No obstante, se plantea la pregunta: ¿cómo podrá vivir tal ser? ¿Podrá amar, si sabe que la persona amada no es ya cual era en el momento de iniciarse el sentimiento? Parecidamente, carecerá en adelante de alegría y dolor; no podrá leer ni hablar, y no será más que un muñeco a merced de todos los vientos. Platón no llega a describirnos la descomposición interior de un ser semejante. ¿Acaso él mismo no experimentó la inclinación a seguir los pasos de su maestro Cratilo? No obstante, refugióse oportunamente en la firme base de las ideas.
De todos modos, y aun cuando equivocados, los heraclitianos le eran mucho más simpáticos que los sofistas, quienes, a pesar de estar muy próximos al gran efesio por su móvil relativismo, perseguían un fin muy concreto: se sentían atraídos por el poder y ponían al servicio de éste todo su arte de seducir y convencer con argumentos engañosos, lo cual comunicaba a su filosofía cierta impureza que repugnaba a Platón; Cratilo y los suyos, en cambio, aun cuando equivocados, eran auténticos filósofos.
F. Lion

