Conde Alarcos

Protagonista de una trágica aventura que se encuentra, al prin­cipio, en numerosos romances españoles (por ejemplo, en Retraída está la Infanta, En la ciudad de Toledo, Conde Yanno, Chorava a Infanta Solisa, La infantina está muy mala, Aquí está la hija del rey, La cruel Infanta, etc.) y luego pasa a muchas com­posiciones dramáticas españolas y extran­jeras: La fuerza lastimosa de Lope de Vega (1562-1635), imitada por Harsdórfer (1607- 1658), El valor perseguido y traición ven­gada de Pérez de Montalbán (1602-1638), El conde Alarcos de Guillén de Castro (1569-1631) y las obras de este mismo títu­lo de Mira de Amescua (15749-1644), J. J. Milanés (1814-1863), J. Grau (1877-1958), el Alarcos (v.) de F. Schlegel (1772-1829) y El conde Mariano de Rambach.

Diversos son los nombres con que aparece el protagonista en estas obras: Alado, Alarcos, Alario, Albelto, Alberto, Alves, Elarde, Floris, Jano, Juan de Lorca, conde de Lombardía, conde de Mayorgiau, Mariano, Yanno, etc. El conde Alarcos es el más noble y valeroso de to­dos los caballeros del reino. Por su linaje y sus dotes hubiera sido el único digno de casarse con la Infanta; pero cuando Alar­cos, muchacho aún, le habló de amor, ella no le contestó. Alarcos, creyéndose recha­zado, procuró olvidarla.

Ahora es el es­poso feliz de la angelical condesa, padre adorado, y vive querido y apreciado por todos. No obstante, si la Infanta no res­pondió a su ofrecimiento amoroso, ello se debió únicamente a su excesiva turbación, que no era otra cosa que amor; ahora se consume lentamente en una vida de dolor y anhelo insatisfecho. Los celos la llevan a juzgar el matrimonio de Alarcos como una ofensa a su honor, y así lo manifiesta a su padre. Su dolor motiva una orden perentoria del rey.

Aun cuando inocente, la condesa es una intrusa, que debe desapa­recer para dar a Alarcos ocasión de reparar su ofensa. El conde no puede sustraerse a la orden y, con un dolor inmenso, dará muerte a su esposa. Luego hará correr la voz de que «ha muerto de una enfermedad que sufría…». Este argumento, con ciertas modificaciones de poca trascendencia, sub­siste en todas las versiones; pero se trans­forma el punto central de la tragedia, el móvil que induce al delito a Alarcos, lo que equivale a decir que es el mismo pro­tagonista quien aparece modificado. Al principio nos hallamos concretamente ante un «drama de honor»: el rey considera «honor» lo que es tan sólo un rencor injustificado, y Alarcos cree que su primer deber es la obediencia, ya que en ella se fundamenta el honor de un vasallo fiel.

Tampoco puede escoger su propia muerte, por cuanto con ella el rey no vería lavada la afrenta que pretende haber recibido. El delito, por lo tanto, aparece como fatal. Esta «fatalidad» se acentúa en la obra de Schlegel, que describe a Alarcos perseguido por una fuerza igual a la que domina en las tragedias de Esquilo. Pero ya en algu­nas composiciones precedentes empieza a empobrecerse la figura del protagonista: en algún romance Alarcos mata por no ser muerto. Su falta se convierte en un «delito cometido por vileza» e inútil, que la lle­gada de un paje con la noticia de la muer­te de la Infanta no consigue impedir.

Más miserable aún aparece la figura de Alarcos cuando su acto adquiere el aspecto de un vulgar «crimen pasional». La Infanta, el Rey y el Conde son arrastrados por el vér­tigo de una pasión demoníaca levantada por una nodriza de la princesa, criatura infernal e infrahumana. Alarcos llega a convencerse de que quiere y debe casarse con la princesa, y por ello mata a su mu­jer. Es el vulgarísimo caso del marido que quita de en medio a la esposa para arre­glarse con la amante, todo ello revestido con el oropel de una pasión trascendental. A

larcos se convierte en un muñeco en ma­nos de una furia; pierde su personalidad y se hunde en un abismo de pasiones y per­versiones que únicamente por la monstruo­sa intensidad que alcanzan sobresalen de lo común. Poco queda ya del Alarcos del romance primitivo, en que el drama amo­roso constituía un fondo difuminado, opri­mido por el problema del honor y de la «negra honrilla».

R. Richard