Clorinda

Personaje de La Jerusalén libertada (v.) de Torquato Tasso (1544-1595). Hermana de las mujeres guerreras de los poemas caballerescos, como la Bradamante (v.) y la Marfisa (v.) de Boyardo y de Ariosto, su gentileza y su prematuro fin la emparentan más estrechamente con la virgiliana Camila (v.). Más que un ca­rácter, es una imagen, y difícilmente pue­de separarse de la figura de Tancredi (v.) que de aquella «imagen bella y guerrera» ha hecho su ídolo: con los ojos de Tan­credi la vemos recorrer, luminosa figura de rubias trenzas y blanca armadura, los horrores de la guerra, como una criatura singular, superior a la humanidad común.

Su destino, y con éste el de Tancredi, debe cumplirse: un aura de fatalidad envuelve todo el episodio, en que su figura, hasta en­tonces apenas esbozada, se revela en su más profunda significación. La torre es incen­diada; los cruzados persiguen a los dos guerreros desconocidos y junto a las puer­tas, estalla una refriega, hasta que al ce­rrarse aquéllas, Clorinda, por error, queda fuera de la ciudad.

Intenta esconderse en­tre los enemigos, pero Tancredi la descubre, la desafía y combate con ella durante toda la noche. Al apagarse la última estrella, Clorinda cae, y entonces brotan de sus la­bios palabras de paz y la imploración del bautismo («Amigo, has vencido…»). Es tra­dicional en la poesía caballeresca el motivo del guerrero sarraceno que en el momento de su muerte pide el bautismo a su ven­cedor, y es bellísimo el desarrollo que de ese motivo había dado Boyardo en el episo­dio de la muerte de Agricán (v.), que Tasso tuvo presente al escribir su obra; pero completamente original de Tasso es la situa­ción de Clorinda y Tancredi, en la cual el guerrero moribundo es una mujer, y su matador el hombre que la amó con singu­lar y único amor.

De ahí nace una poesía en la que se confunden el sensualismo y el misticismo: la tragedia tiene su catarsis en la ión de Clorinda, que embelle­cida por su sobrehumana alegría tiende en señal de paz su pálida diestra al amante que le ha dado muerte, y luego, iluminada por la luz de la bienaventuranza, desciende, como la Laura (v.) del Petrarca, a conso­larle en sueños.

M. Fubini