Cloridano y Medoro

Personajes del Orlando furioso (v.). Ariosto, recordando los episodios de Eurialo (v.) y Niso (v.) de la Eneida (v.) y los de Opleo y Dimante de la Tebaida (v.) — que abandonan el campo en el último momento para dar sepultura a sus capitanes y hallan la muer­te en su empresa—, narra cómo dos sol­dados del campamento sarraceno intentan por la noche, después de lá batalla alre­dedor de París, encontrar el cadáver de su señor Dardinello, para rendirle fúnebres honores.

Quien concibe la empresa es Me- doro, el más joven, conmovido por la muerte de su señor y dispuesto a expo­nerse por él a cualquier peligro, y le si­gue Cloridano, más experto, que no puede disuadirle de su empresa y no se resigna a dejarle solo. Como en el episodio aná­logo de la Eneida, hay un intermedio cons­tituido por la matanza en el campamento enemigo, que brinda al poeta la posibilidad de trazar algunos rasgos cómicos y satíricos; pero la poesía vuelve a su tono elegiaco y se concierta más adelante en dramática en el relato del hallazgo de Dardinello muerto, en el cauto regreso de los jóvenes, interrumpido por la aparición de un es­cuadrón de caballeros cristianos, y en la fuga de Cloridano que, en un determinado momento, se da cuenta de que Medoro no le ha seguido y, aun a riesgo de su vida, vuelve sobre sus pasos.

Medoro, rodeado por los enemigos y herido, implora a és­tos no para sí sino para su muerto señor, a quien quiere dar sepultura, y logra con­mover a Zerbino (v.), el jefe de los cris­tianos que estaba ya a punto de darle el golpe fatal; Cloridano, que ha herido ya a más de un caballero cristiano, al ver caer a Medoro, se precipita fuera de su escon­drijo y muere a su lado. Y así se cumple la historia de una amistad heroica y uno de los episodios más conmovedores del Or­lando furioso; una nueva historia, ya que no una continuación, se nos ofrece más adelante, cuando se narra cómo Medoro, no muerto sino desvanecido, es socorrido por una doncella, Angélica (v.), que se ena­mora de él y acaba haciéndole su esposo.

En este episodio la figura del joven solda­do tiene poco relieve: sólo su singular be­lleza permanece como recuerdo de su pri­mera aparición; en realidad, un nuevo Me­doro, distinto del amigo de Cloridano y del tierno y devoto seguidor de su señor, se nos revela en la inscripción, fatal a Orlando (v.), en la que celebra la ines­perada y única felicidad que le ha sido concedida y que le embarga por entero.

M. Fubini