Alfieri analizó más detenidamente el alma de Clitemnestra en su Agamenón (v.) y su Orestes (v.). Ella es en efecto la verdadera protagonista de la primera tragedia, y ésta consiste precisamente en el lento madurar, en el alma de Clitemnestra, de la idea del delito hasta la catástrofe, que con el fin de Agamenón significará también el suyo.
Subyugada por Egisto, hacia quien la arrastra una culpable pasión durante la ausencia de su marido, Clitemnestra no puede recobrar su libre albedrío y se ve poco a poco empujada, a pesar de la nostalgia de su pureza perdida y a pesar de su amor por sus hijos, a cometer aquel crimen que se ha ido imponiendo a ella como una necesidad fatal. Vencida desde el principio de la acción, se precipita a su ruina, y después que con sus propias manos ha dado muerte a su marido, se nos aparece completamente arruinada.
Así la encontramos de nuevo en el Orestes, semejante a un alma condenada, obsesionada por la imagen de su crimen y empujada ora hacia sus hijos, ora hacia Egisto; pero todos la rechazan con palabras de odio y de desprecio. En vano intenta defender a Orestes, condenado a muerte por Egisto, después de haberse incautamente dado a conocer; y en vano también, cuando por un imprevisto azar los prisioneros recobran la libertad, se arroja contra Orestes para defender la vida del que fue su cómplice y su genio del mal: bajo el brazo de su hijo, cegado por el furor, sucumbe en esa postrera e inútil defensa, y su fin parece ser la necesaria conclusión de su destino trágico.
M. Fubini

