Circe

Personaje de la Odisea (v.), Circe, según la leyenda y el poema homérico, era una maga famosa por sus he­chizos y por su hermosura.

Se la considera­ba hija de Helios y de la oceánida Pereis; otras leyendas la suponían nacida de la unión del Día y la Noche. La gran maga poseía una extraordinaria inteligencia y un poder sobrenatural sobre los hombres y aun sobre los elementos. Podía hacer des­cender la luna sobre la tierra, variar el curso de los ríos y metamorfosear los se­res vivientes. Conocía también todas las plantas venenosas y las empleaba en sus filtros.

Pero Circe utilizaba todos estos do­nes en ocasionar daño por doquier. El pri­mero con quien ensayó y aplicó sus maleficios fué su esposo el rey de los sármatas, al que envenenó la copa nupcial. Su padre, Helios para librarla de las iras po­pulares, la transportó en su carro a la isla de Ea que después llevó su nombre, cerca de la costa de Etruria. Antes de conocer a Ulises tuvo dos amantes: Glauco y Pico.

Por no corresponder éstos a su pasión transformó a la esposa del primero en monstruo marino y al segundo lo metamorfoseó en el pájaro llamado picoverde. Cir­ce vivía en la isla de Ea, teniendo a su servicio a las ninfas de los montes y de los ríos y entretenía sus ocios cantando y tejiendo telas maravillosas. Habitaba un gran palacio, guardado por lobos y leones domesticados por medio de sus artes ma­léficas y por héroes convertidos en anima­les por la virtud de sus bebedizos.

Circe era muy hábil en la preparación de vene­nos; con ellos y con su varita mágica lle­vaba a cabo sus terribles designios. Cuan­do Ulises y sus compañeros llegaron a la isla de Ea, se destacaron de avanzada unos cuantos compañeros del héroe que descu­brieron el palacio de Circe en un valle; en torno del mismo había lobos y leones amansados y Circe cantaba y tejía una gran tela.

Los compañeros de Ulises que­daron cautivados por su maravillosa voz. Presentáronse a Circe y aceptaron un banquete que les ofreció, pero al gustar los manjares de la mesa Circe — la terrible hechicera — los transformó en cerdos to­cándolos con su varita y los encerró en pocilgas. Solamente Euriloco se libró de sufrir la suerte de sus compañeros por no haber querido entrar en el palacio y pudo ir a comunicar a Ulises la triste nueva.

Corrió el héroe a salvar a sus compañe­ros. Hermes le salió al encuentro y le en­tregó la planta «moli» para que Circe no lo encantara, aconsejándole además que cuan­do ella se acercarse a tocarle con su va­rita, sacara airadamente su espada para que, atemorizada, no volviera a intentar nada contra él, obligándola a jurar por los dioses que en nada faltaría a la hospita­lidad con él y sus compañeros. Circe tra­tó inútilmente de encantar a Ulises, le ofre­ció compartir el lecho y, después de man­darlo lavar por las esclavas, invitóle a comer.

A petición de Ulises, devolvió la maga a los compañeros de éste su pri­mitiva forma. Ulises volvió a su nave, se llevó los demás compañeros al palacio de Circe, a pesar de la oposición de Euriloco, y^ hallaron a los otros, a quienes Circe ha­bía lavado y ungido, celebrando un ale­gre banquete; y Circe les incitó a comer y a beber hasta que recobraran su an­tiguo ánimo. Circe supo seducir a Ulises y le retuvo un año a su lado, enseñó a Ulises el modo de evocar los espíritus de los muertos y el de conversar con Tiresias. Antes de abandonar la isla, Circe di­jo a Ulises y a sus compañeros que tenían que hacer un viaje al Hades.

Cuando vol­vieron a la isla, después de preguntar al héroe cuanto le había ocurrido en el Ha­des, le predijo lo que le había de suce­der hasta que dejara la isla de Trinacia, y dió a Ulises y los suyos carne y vino y acertadas instrucciones para el resto del viaje. Ulises, de quien Circe tuvo dos hi­jos: Latino y Casifone, partió fiel al re­cuerdo de su tierra y de su esposa Penélope. La gran hechicera fué impotente para retener al héroe.

J. M.a Pandolfi