Cintia

[Cyntia]. Es la mujer cantada por Propercio (v. Elegías de Propercio), la figura amorosa de una matrona romana (tal vez Hostia) que brilla con todo su fulgor tras la reja de la mitología properciana.

Un amor carnal y espiritual a la vez, o por lo menos intelectual, nobles personas y no­bles fondos, pero en el centro, todavía, la cita furtiva junto al umbral, el lecho y la lujuria nocturna: «¡Cuántas palabras junto a la linterna y qué combates de amor una vez apagada la luz!» El amor romano siem­pre es así: sólo vive en la ambigüedad de las vigilias.

Y sus mujeres palpitan a los reflejos de lámparas que proyectan mucha sombra, lejos del cielo de los cancioneros medievales, en la inercia de las almas im­puras. El poeta puede vestirlas de púrpura y de nombres griegos: Cintia, la «docta puella», mudo objeto de una elocuente pa­sión, sólo arde con el fuego de sus sentidos. Es, pues, imposible una «historia amorosa», porque ésta debería ser una historia de al­mas, y tales almas no existen, ni aun en aquella sensual profundidad que atormen­taba a Catulo. Cintia reina durante cinco años, altanera y puntillosa, orgullosa de afligir a su amante: «¡Cuánto le ofrecí! ¡Cuántas canciones compuse! Pero ella, de hierro, jamás me dijo ‘te quiero’».

En aque­llas carnes agotadas penetra sin dificultad la única gran presencia: la muerte: «Así, pues, Propercio, ¿habrás de morir joven?» Un presagio, que antes la destruirá a ella, la rubia dama de bellas manos, convirtiendo su cálido seno nocturno en un nocturno fantasma como el humo de una pira: «Lle­vaba los cabellos como cuando la enterraron, tenía los mismos ojos, la vestidura un poco quemada, y en el dedo el fuego ardía en la acostumbrada esmeralda, y Lete mar­chitaba su rostro». ¡Cuánto amor requiere! «Quema tus versos, no me alabes más. Arranca a la tumba la hiedra que con sus torcidas ramas oprime mis dispersos hue­sos… Téngante en buena hora otras, pronto serás sólo mío; estarás conmigo y nuestros restos se consumirán juntos». En este ma­drigal infernal el amor pagano parece dar un salto de varios siglos, no hacia Petrarca, sino hacia Passavanti.

Y las cortesías pala­ciegas y las elegías alejandrinas del des­engañado amador se disuelven como al canto del gallo de Caronte: «Aquí yace la dorada Cintia». El poeta «que jamás no conoció otras pasiones» como único y des­esperado final de la historia de sus difun­tos amores, acaba diciendo: «Cintia fue la primera, Cintia es mi último amor».

P. De Benedetti