Chillingworth

Protagonista de la novela La letra escarlata (v.) del escritor americano Nathaniel Hawthorne (1804-1864). En el dieciochesco escenario del drama simbólico de Hawthorne, ese doctor Fausto (v.) americano comparece «estrafalariamen­te cubierto de prendas de vestir urbanas y bárbaras» y acompañado por un indio.

De sus dos años de prisión en tierra salvaje — en los que ha descendido a las primitivas profundidades de la mente — el rugoso y anciano médico, gran sabio y altruista que ha alimentado en Europa «el flaco sueño del conocimiento» dedicando toda su vida a investigar los secretos del alma humana, vuelve trayendo el conocimiento después del cual no hay perdón.

El anciano es de­forme, con un hombro más alto que el otro, o sea — ya que las figuras de Haw­thorne, como las de la alegoría medieval, traducen en signos físicos sus condiciones morales — que una parte de su espíritu, el Intelecto, ha crecido más que la otra, el Corazón. Pero hasta el momento en que aparece, ha sido «un hombre puro y recto» cuya vida contemplativa es irreprensible. Había casado con Ester Prynne (v.) a fin de que la sombría e inhumana soledad de su gabinete de estudioso se alegrase con el calor de una presencia humana.

Pero cuando, después de la larga separación, va a reunirse con ella en un pueblo lindante con un continente inexplorado, la encuen­tra expuesta a la pública vergüenza por adulterio. Ester, que acepta el sufrimiento resultante de su acto, excita su compasión: lo que ha hecho no era sino la previsible consecuencia del empeño que él puso en casarse con ella, contrariando la tendencia natural de las vidas de ambos.

Pero su amante, el joven ministro protestante Dim- mesdale (v.), no tiene la misma justifica­ción: protegido por el silencio de Ester, se abstiene de confesar su culpa en las ilí­citas relaciones renegando con ello de lo que Chillingworth erige en principio pri­mero de la «historia natural del alma», esto es, que todo acto engendra en su agente unas consecuencias rigurosamente preesta­blecidas y no sujetas a su voluntad. Con la «severa y equitativa integridad de un juez» — pero de un juez que se diría salido de «une saison en enfer» —, Chillingworth se dispone a castigar al adúltero.

Pero la intención de hacer justicia se convierte en «un irresistible impulso a vengarse en el pastor»; y por el mismo principio que él quisiera implacablemente afirmar en Dim- mesdale, el acto de la venganza engendra sus terribles consecuencias en el propio Chillingworth. La creciente maldad de su mente, que parece contaminar el aire que respira, se traduce en las grotescas defor­maciones de su rostro y de su figura.

Re­cogiendo y comprendiendo con diabólica clarividencia los menores movimientos de la «más íntima alma» de Dimmesdale, Chill­ingworth se divierte jugando con aquella alma, suscitando en ella, a su capricho, terror, horror y agonía moral. Al descubrir en el cuerpo del pastor adormecido, ya medio destruido por el veneno del remor­dimiento, un duplicado de la «A» escarlata de Ester, Chillingworth no puede contener su alegría.

Pero ésta se trueca en rabia frenética cuando en el trance de morir Dimmesdale confiesa su culpa, reconociendo así la autoridad del principio espiritual que intentó negar. Defraudado en su esperanza de vengarse y agotado por el ejercicio de su mismo pernicioso poder, el anciano se arruga aún más como una hierba marchita. Para Hawthorne, Chillingworth es a la vez un hombre moralmente perverso por sus actos, que «violan la santidad del co­razón humano», y trágico porque se ve arrastrado a ello por un destructivo prin­cipio orgánico, una «ciega necesidad» de su alma: «Vos no habéis pecado al delinquir contra mí, ni yo soy diabólico por haber arrancado de las propias manos de un de­monio la misión de castigaros.

Es nuestro destino. ¡Dejad que la negra flor florezca como pueda!» La total inmersión de Chill­ingworth en el principio destructivo, y el consiguiente carácter diabólico de su conducta hacen de él, por una paradoja que constituye el fundamento mismo del universo moral de Hawthorne, un perso­naje moralmente superior a Dimmesdale — hasta el momento en que también éste «se sumerge» —. Por ello ambos se convier­ten en protagonistas de igual estatura en el vasto drama ritual — representación sim­bólica de la «historia natural del alma» — que constituye la obra de Hawthorne.

S. Geist