Childe Harold

Protagonista de La peregrinación de Childe Harold (v.), de George Gordon Byron (1788-1824). En el prefacio del poema, Byron declara expresa­mente que el carácter de Harold debería desarrollarse como el de «un moderno Timón» y «quizá» de «un Zeluco poético», aludiendo al protagonista de la novela Ze­luco de John Moore (1729-1802), uno de los libros que más apasionaron a Byron en su niñez.

Pero Zeluco carece del carácter fundamental de los héroes de Schiller (v. Carlos Moor), de Ana Radcliffe (v. Schedoni) y de Byron (v. Conrado, Giaur y Lara): el de ser una especie de ángel caí­do. Chateaubriand pretendía que la base de todos los retratos de héroes fatales byronianos era su René (v.) y que Byron le había plagiado sin decirlo, pero aunque sean muchos sus rasgos comunes — el te­dio, el amor a la soledad, un secreto que roe el corazón o el voluntario encierro —, también hay que reconocer que muchos de estos elementos habían pasado a ser patri­monio común del Romanticismo entonces naciente.

Harold es un misántropo que des­precia al Universo entero: es un seductor, pero un seductor desilusionado que en me­dio de sus orgías sentía el «hastío de la saciedad», y su corazón en otro tiempo vol­cánico había adquirido por fin una apa­riencia marmórea. Para comprender el gran éxito que su tenebrosa figura obtuvo in­mediatamente en Inglaterra, hay que re­cordar cuáles eran los gustos y la morali­dad de la Regencia, o mejor dicho, de aquella sociedad aristocrática que puso a Byron de moda.

Bajo un falso y delgadí­simo barniz de religiosidad y buenas cos­tumbres, aquella sociedad estaba impreg­nada de escepticismo y de cinismo conti­nuadores de los tiempos de la Ilustración; la mujer, en aquel mundo, era objeto de grandísima atención pero de escaso respe­to, ya que se la apreciaba como instrumen­to de placer y en el reino del placer se la consideraba soberana. Childe Harold rin­de homenaje a esa soberanía, en forma tan­to más incitante cuanto que atenuada por un aparente desprecio.

El gran éxito de la figura de Harold en la sociedad femenina de la Regencia dependió en gran parte del hecho de que el héroe existía en la rea­lidad y podía ser visto y tocado: era el propio Byron, autor y actor de su propio drama y gran «poseur», en una sociedad de «poseurs» y «dandies» (Brummel, etc.). Childe Harold es una criatura de la época, pero con una diferencia, un esfumado y una inquietud nuevos, que bastan para ha­cerlo interesante a los ojos de las muje­res.

Los críticos del Continente, por su parte, sólo vieron en Childe Harold esa in­quietud e identificaron al personaje y a su autor con el espíritu revolucionario, agi­gantando así la figura del tenebroso «dandy» hasta convertirla en una auténtica en­carnación del genio de los tiempos nuevos.

M. Praz