[Monsieur de Charlus]. Personaje de En busca del tiempo perdido (v.) de Marcel Proust (1871-1922). El barón Palaméde de Charlus, hermano del duque de Guermantes, Mémé para sus íntimos, duque de Brabante, «damoiseau» de Montar- gis, príncipe de Oléron, Carency, Viareggio y Dume y primo del emperador de Alemania, es el único personaje en toda la obra de Proust que verosímilmente puede aproximarse a alguien que realmente existió entre los siglos XIX y el XX: el escritor Robert de Montesquieu, hombre muy conocido en los ambientes artísticos y mundanos de París, del cual Boldini nos dejó un ingenioso y elocuente retrato.
En una ocasión en que M. de Charlus es mencionado como ejemplo de viudo inconsolable, la duquesa Oriana (v.) declara en una de sus famosas frases, que no tiene el menor deseo de ser llorada después de su muerte a la manera como lo es la pobre señora de Charlus. El barón, en efecto, busca consuelo a sus penas frecuentando el mundo de los invertidos, en total abdicación ante el vicio que marca su carácter y orienta su vida.
Así su persona sigue un camino doble: solicitado en los salones de la alta aristocracia, donde su espíritu mordaz hiere a diestro y siniestro sin compasión alguna, por el otro lado su vicio le transporta entre personajes de ínfima categoría que, especulando sobre sus debilidades, sacan partido a sus elevadas relaciones y a sus riquezas. Por ello, a pesar de frecuentar familias reinantes, reyes y reinas en el destierro, grandes literatos y pintores, y a despecho de sus superiores dotes para la música y la poesía, Charlus tiene por amigos de todos los días al sastre Jupien, a camareros de hotel y de restaurante, a mandaderos y botones, a «lifts» de ascensor y a boxeadores.
Su larga amistad con el músico Charles Morel nos da una justa idea de la mezcla de autoridad y de debilidades que forman la persona del barón. Charles Morel es sobrino de un mayordomo; Charlus le toma bajo su protección, le ayuda en sus estudios, le «lanza» y logra imponer su fama en los salones más entonados. Y a condición de que el joven no le abandone, soporta con paciencia y humilde sumisión todos sus insultos, impertinencias y malhumores.
Alguna vez se rebela y estalla en cólera frente al comportamiento interesado de Morel, pero luego da muestras de sentimientos paternales para proteger los amores de éste con la nieta de Jupien, a la cual llega a adoptar, concediéndole uno de sus títulos para que pueda casarse con el joven marqués de Cambremer.
Muy probablemente los vínculos que unen a Charlus con Morel son de carácter únicamente sentimental: hasta tal punto llega la profundidad y complicación de esa figura que el autor ha penetrado con intenso amor de artista y con verdadera piedad, lo que no le impide sin embargo mostrarnos su castigo, su inevitable decadencia ruinosa y su lamentable vejez, cuando el vicio ha vencido todos los frenos y le ha llevado al extremo de la abyección y de la miseria moral.
Charlus es una figura nueva, que ha marcado con alta, completa y trágica fuerza el ingreso de sus semejantes en el mundo del arte.
A. Drago

