Chantecler

Personaje del Roman de Renart (v.) y del drama Chantecler (v.) de Edmond Rostand (1868-1918). «Chantecler fit belles prouesses, et c’était merveille de voir, dans corps si petit, tant de hardiesse, tant de vivacité et de promptitude. C’était bien le meilleur homme de l’armée!» [«Chantecler hizo bellas proezas, y era cosa de maravilla ver, en cuerpo tan pequeño, tanta osadía, tanta vivacidad y tanta pron­titud. ¡Era sin duda el hombre mejor del ejército!»].

Por ello, a pesar de que su figura no destaca sobre las demás por nin­guna otra razón ni encierra como las otras un claro símbolo, Chantecler, el trompetero del regimiento, y el paladín valeroso, ha acabado convirtiéndose poco a poco en el emblema de Francia. En el soberbio gallo de Edmond Rostand, a varios siglos de dis­tancia, ese emblema se redime de su in­consistencia originaria y se transforma, no sin hincharse un poco, en voz y en canto, hasta identificarse con la figura del poeta según la vio y exaltó el siglo XIX. «Le seul devoir d’un coq est d’être un cri vermeil» [«El único deber de un gallo es ser un gri­to bermejo»], declara el hermoso gallo de Rostand al mundo entero sobre el cual go­bierna y domina con actitudes de león; y de ese grito el sentimental poeta forma la esencia de la vida, «un grito de amor» : «Chanter, c’est ma façon de me battre et de croire» [«Cantar es mi manera de batir­me y de creer»].

En el canto de Chantecler se encierra, pues, la ideología estética, y estetizante, de un siglo que creyó en el canto más que en la vida misma, y que saludó en el poeta, aun dejándolo muchas veces morir de hambre, la fuerza vital del mundo. Así Chantecler está despierto antes del alba a la que llama y suscita, y así apa­rece como la conmovedora, temerosa pero un poco gratuita imagen de quien se deja vencer por su corazón hasta morir: Chan­tecler no es más que otra figura de aquel retórico, fascinador y desesperado tipo de poeta que se llama Cyrano de Bergerac (v.), para cuyos inmensos ideales el mundo es pequeño.

Nadie mejor que Chantecler logra personificar la prestigiosa figura del poeta y nadie ilumina más vivamente que él la convencional y, así y todo, profunda y amarga verdad. Chantecler sabe que es la única belleza desinteresada y pura de la vida, la «voz» de la vida; y en esta límpida conciencia, resiste victoriosamente a la no­che, a la muerte y a las conjuras del mal: «Mon destin est plus sûr que le jour que je vois» [«Mi destino es más seguro que el día que veo»], afirma. Y su destino es tan alto, que ni siquiera el amor tendrá poder para encadenarle: si está prisionero y na­die escucha ya su voz, por lo menos el Sol sigue creyendo en él y la luz se libera de la noche porque un día la llamó el canto de aquel «soberbio caballero del estío» que es Chantecler, el poeta.

G. Veronesi