César

[Julius Csesar]. Presentado con rasgos deliberadamente impersonales por los Comentarios sobre la guerra civil (v.) que él mismo escribió sobre las guerras que llevó a victorioso término, y con una au­reola a la que da aún más esplendor la admiración general de un pueblo que en él veía poco menos que a un salvador, Cé­sar había atraído sobre sí en una u otra forma (casi siempre con intención sincera­mente laudatoria) la atención de muchos poetas y escritores del grupo, con razón famoso, que desarrolló sus actividades en el siglo I a. de C.: Cicerón, Virgilio, Hora­cio y Ovidio hablan de él en términos de admiración.

Y sin embargo Cicerón le había también a menudo declarado tirano, y Ho­racio deberá hacerse perdonar por Augusto sus relaciones con Bruto y Casio en Filipos. Pero la primera obra de la literatura latina que desarrolla un tema histórico cen­trado por la figura de Julio César es, si bien se mira, la Farsalia (v.) de Marco Anneo Lucano, obra nacida en el tercer período de florecimiento de la poesía épica romana.

Es evidente que César ocupa en ella una posición de primer término contra la propia voluntad del poeta, republicano fuera de tiempo — tal vez por amor a la extravagancia —, que simpatiza más con Pompeyo, el grande, como él le llama, el «gran enemigo» en una palabra. No parece sino que Lucano intente ofrecernos un César feroz y tiránico, sanguinario y jamás sa­ciado de guerras fratricidas. Pero las pa­labras no son más que palabras y de ellas nace una situación trágica en la que Pom­peyo es, «a priori», el vencido por cuanto él mismo se da cuenta de su franca inferioridad y se rinde a esta su inevitable pequeñez.

Parece que sea siempre la For­tuna la que lleva a César a las victorias, y que su grandeza dependa únicamente de azares favorables; pero el mismo Lucano, al intentar diseñar los distintos aspectos de aquel hombre tan complejo, sucumbe a la ya entonces legendaria fuerza de ánimo (magnanimitas) del general, y aquellos azares favorables acaban siendo creación del genio militar del héroe: César no pier­de ninguno de los rasgos que componen su superioridad de soldado — y la Farsalia es una lucha entre soldados — y sigue siendo un coloso, un hombre cuyo poder se acerca al de los dioses, a aquel «fatum» en el que él adivina un aliado, o mejor dicho que él mismo sabe crear. Ya Estacio, en su Genethliacon Lucani, gentil homenaje al amigo desaparecido, que figura en sus Sil­vas, había comprendido cuál fuera el efec­to, tal vez distinto de las intenciones del poeta, que Lucano había logrado.

Y en tres de sus falecios laudatorios distingue a los tres más importantes personajes de la Farsalia: «quod fulmén ducis inter arma divi, / libertate gravem pia Catonem / et gratum popularitate Magnum» [«como el rayo entre las armas del divino caudillo, / Catón abrumado por su piadosa libertad / y (Pompeyo) el Magno afanoso de fama popular»]. César es, pues, para él el pri­mero, el «dux divus», mientras Pompeyo lleva el pomposo título de «Magnus» y está rodeado del favor del pueblo, como Lucano había querido verle, y Catón (v.) sigue siendo el heraldo de la libertad, como habrá de serlo todavía durante muchos siglos.

¿Y para qué no recordar a este propósito, si­guiendo nuestra sensibilidad de hombres modernos y la perdurable fama de otro ge­neral, el rayo napoleónico (tan distinto) del Cinco de Mayo (v.)? Así el «saevus Csesar», en efecto, es el dominador de la escena, el mayor entre todos, y el poeta no acertará a hallar el modo de que Pompeyo, que debería ser el general ejemplar, diga palabras mejores que las que su rival dirigió a su ejército, antes de que se tra­bara en la llanura de Farsalo la que había de ser la última batalla del Magno. César es en Lucano un soldado, rudo sin duda, pero sin duda también grande; y bajo esta caracterización moral de «magnanimus» se transmitirá a la Edad Media y a las tradi­ciones románicas que de ella habrán de nacer.

M. Manfredi