Cerbero

En la Eneida (VI, 417-425), Virgilio había dibujado el personaje de Cerbero haciéndolo, más que grandioso, enorme: Cerbero es el custodio, no de un solo lugar ni de un solo grupo de seres, sino del Averno entero, ante cuyo sagrado umbral vigila.

Algo de la tétrica majestad del Averno se refleja sobre su monumental corpulencia de divinidad. El poeta traza su imagen en tres tiempos: «ingens ianitor» (guardián)—hace resonar con sus ladridos los «regna» de la muerte — yace tendido en toda su inmensidad a través del antro; luego se mueve, pero incluso este movi­miento conserva la secreta potencia de un numen (Eneas no ve moverse a Cerbero, sino a las serpientes que ciñen su triple cuello) y su lenta y enorme monumentalidad; hace sólo un movimiento: «tria guttura pandens» (abriendo sus tres gargantas), muerde en el aire la hogaza de harina y miel; luego, en un tercer tiempo, el silencio cubre la escena entera: «…immania terga resolvit Fusus humi totoque ingens exten- ditur antro».

Una vez más parece que Cer­bero obstruya la amplia boca del Erebo. En este punto Dante crea un personaje totalmente nuevo: Cerbero es, en la Divina Comedia («Infierno», canto VI), el monstruo de la voracidad que guarda a los voraces que chapotean en medio del fango; tiene los ojos en llamas y la barba grasienta de tanto comer, y tres gargantas prontas a llenar su vasto vientre y garras para coger la presa, y está siempre dispuesto como un perro rabioso a despedazar a sus víc­timas. He aquí los verbos que lo pintan: desgarra, despelleja y descuartiza.

Su fi­guración está sumergida en el estrépito, en el pavor y en lo grotesco: «Con tre gole caninamente latra» [«Con tres gargantas ladra como un perro»]; «il gran vermo» [«el gran gusano»]; «le bramosa canne» [«las ansiosas fauces»]; «quelle facce lorde / Dello demonio Cerbero che introna / L’ani- me si ch’esser vorrebber sorde» [«aquellas asquerosas cabezas / Del demonio Cerbero que atruena / Tanto a las almas que éstas quisieran^ ensordecer»]. Dante insiste en la descripción del animal que se ensaña so­bre su presa subrayando su instinto com­bativo («abbaiando agugna, intende e pu­gna») y le hace moverse con una vitalidad de fiera a furibundas sacudidas. Luego lo define en -»palabras que parecen esculpirlo: «Non avea membro che tenesse fermo» [«no tenía miembro que se mantuviese quieto»]: definición que parece sellar esta estupenda prueba de la virtud individualizadora de la poesía dantesca.

P. Baldelli