Cayo Graco

[Caius Gracchus]. El fa­moso tribuno romano de la época revolu­cionaria fue convertido en protagonista de dos tragedias: Cayo Graco (v.), de Marie- Joseph Chénier (1764-1811), y la del mismo nombre (v.) de Vincenzo Monti (1754-1828), que le da mayor fuerza dramática.

En ésta, Cayo Graco es tributario del Coriolano (v.) de Shakespeare, y aun, teniendo en cuenta el discurso que Opimio pronuncia ante el féretro de Escipión Emiliano exaltando su memoria en perjuicio de Cayo, también del Julio César (v.) del mismo autor, cuyo dis­curso de Antonio ante el cadáver de César le sirve claramente de modelo. La Vida de Tiberio y Cayo Graco, de Plutarco, el li­bro I de De bello civili de Apiano de Ale­jandría, las páginas de Livio, Cicerón, Va­lerio Máximo, Dionisio de Halicarnaso y Salustio, además de haber servido como fuentes de las Noches romanas (v.) de A. Verri, lo son evidentemente de la obra de Monti.

La historia nos presenta un Cayo Graco menos intachable que su hermano; revolucionario más intrépido y afortunado pero menos patriota. Nueve años menor que Tiberio, Cayo Graco, después de la muerte de su hermano, vive en un período aún más agitado por las luchas civiles. Elegido tribuno durante dos años consecutivos, pre­sentó diversas propuestas encaminadas al mejoramiento económico del pueblo y a la disminución del poder del Senado.

El pue­blo, que había aprobado las demás pro­puestas, se manifestó contra la ley sobre la concesión de la ciudadanía romana a los latinos, pues no quería extender sus prerrogativas a otros, y el Senado, entonces, indujo al tribuno M. Livio Druso a poner el veto a esta ley y a atraerse la populari­dad con propuestas más amplias que las de Cayo, en tanto alejaba a éste con el pre­texto de enviarle a fundar la colonia de Cartago, o Junonia.

A su regreso, Cayo, perdida ya la popularidad, aspira en vano por tercera vez al tribunado. Algunos ma­gistrados empiezan a proponer metódica­mente la abolición de sus leyes; tras duros tumultos, el Senado confiere poderes dicta­toriales a Opimio, y Cayo se retira al Aventino; atacado por milicias de esclavos y senadores, se defiende encarnizadamente, y luego, habiendo huido hacia el puente Sublicio, se hace matar por un esclavo. Monti nos presenta a Cayo Graco en el momento en que, a su regreso de Cartago, advierte que Opimio pretende sofocar la libertad y le ataca con violentos discursos.

Opimio, valiéndose de la muerte de Escipión el Africano a manos de M. Fulvio, enamorado de su mujer, acusa a Cayo Graco de com­plicidad en el delito, y éste, para sustraerse al furor popular, se suicida. Violentando la historia, Monti convierte a este personaje en un rebelde no por orgullo, sino por amor a la libertad, como se pone particularmente de manifiesto cuando Cayo se defiende de las acusaciones de Opimio y ambos rivales aparecen como expresiones de dos mundos distintos y opuestos, destacando sobre el fondo del variable humor popular; y da, además, a la tragedia una tonalidad giron­dina, como lo demuestran las palabras «¡Le­yes, romanos, y no sangre!», calcadas de las «Des lois, non du sang!» de la tragedia de Chénier.

Figura arquetípica, alejada por igual de la aristocracia de Opimio que de la demagogia de Fulvio, expresión de la libertad moderada que constituía el ideal de Monti, Cayo Graco revive como un no­ble iluso, inflamado de amor patrio y de pasión por la igualdad y la justicia, már­tir de la aversión a toda violencia y del respeto a las leyes; incapaz de darse cuenta de los peligros con que se enfrenta, lle­gando inclusive, con serenidad objetiva, a defender a sus propios adversarios, todo ello le acarrea su perdición.

En la tra­gedia se le presenta como mejor orador que hábil político, pero dotado de una vi­talidad propia. Si bien se falsea la historia, representa los ideales políticos de la época de Monti, mientras que por la modernidad de sus acentos y concepción interna es evidente prefiguración del Adelchi (v.) manzoniano.

M. Maggi