Catalina Ivanovna

[Ekaterina Ivanovna]. Protagonista del drama de su nom­bre (v.) de Leónidas Andreiev (Leonid Nicolaevič Andreev, 1871-1919). Catalina es la esposa del diputado Georgi Dmitrievich Stibelev, quien al principio de la obra in­tenta darle muerte de dos pistoletazos por creerla culpable de adulterio.

A pesar de que es inocente, la acusación y especial­mente la violencia sufrida provocan en ella un trastorno psicológico tan intenso que, en un estado de sonambulismo, se echa realmente en brazos de su presunto amante y, más tarde, aún de otros. Los disparos, que ni siquiera la hirieron, mataron su «esencia humana», y por ello, desde ahora, ya no es más que una especie de sombra, un cadáver que actúa como una apática y frenética ménade.

Volverá a convivir con su marido, pero sólo para continuar en una vida de libertinaje, como poseída por un demonio. Andreiev, sin embargo, no quiere convertir a su personaje en una obsesa, víctima de la fatalidad; prefiere que los hechos se hallen apenas insinuados por alu­siones y mantiene libre de estridencias toda la entonación dramática. No hay siquiera examen psicológico de los móviles ni jus­tificación rebuscada en un instinto sexual glorificado de manera materialista, de suer­te que el personaje tiene un aspecto fan­tasmagórico y alucinado: «Hay en ella de­masiada… ¿cómo lo diría?, demasiada fe­mineidad, en una palabra… Es la eterna Magdalena, y su femineidad es su Gólgota, su paraíso y su infierno…». «Parece una ciega; obsérvala cuando anda: tropieza con los muebles». Aun cuando su modelo haya podido ser quizá la Lulú (v.) de Wedekind, Andreiev, al trasladarla al ambiente bur­gués ruso, le ha suprimido el programa de evangelio sexual o bien el tono demoníaco e intelectual.

«No eres una bacante. Eres algo muerto, cadavérico; depravada aun en el sueño», dice a Catalina uno de sus aman­tes. Su inercia moral arrastra también a todos los personajes que la rodean, de -tal manera que ninguno de ellos es capaz de hacer nada cuando Catalina, al final del drama, anuncia su marcha, sin retorno, ciertamente, como es sin redención su vida. No se ve claro que el autor tuviera inten­ciones problemáticas: el resultado concreto es una figura realmente singular, cuya vi­vacidad, no obstante, aparece ^ limitada por la imprecisión típica del arte ‘de Andreiev, que oscila entre el realismo y la poética simbolista de lo abstracto.

A. K. Villa