Casanova

«Alto, de estatura hercúlea, pero de color africano», y hubiera dicho bello, de no haber sido feo, y que el ta­lento animaba su persona y sus maneras: así es como el príncipe de Ligne ve a Giacomo Casanova (1725-1798); y el cónsul veneciano en Ancona le describe, en un informe oficial, «abierto el semblante y alta la cabeza; viste bien. Está bien relacionado, y dice querer partir en breve para Trieste y alemania.

Tiene unos cuarenta años como máximo, gran estatura, aspecto sano y vigoroso, tez morena, ojos vivaces y corta peluca de co­lor castaño. Según tengo entendido, es de carácter audaz e irascible, pero posee sobre todo una gran elocuencia, aguda y erudita». Veinte años después, en 1792, una mujer, la esposa de Da Ponte, le juzgaba aún como «anciano extraordinario».

Un retrato suyo, que figuraba en el frontispicio del Lcosamerón (v.), fantástica novela de Casanova, fue rasgado y echado al retrete cuando estaba como bibliotecario en el cas­tillo del Dux, donde, para sustraerse a los bribones enemigos suyos y no «reventar de rabia», se puso a trabajar diez o doce ho­ras diarias en la redacción de sus Memorias (v. Historia de mi vida), como nos cuenta en éstas y en su correspondencia particular.

Entre los autores de la injuria se hallaba también el intendente Faulkischen, que le hizo apalear; este detalle no debe causar extrañeza: en su propio re­trato existe una gran zona sombría, que es el primer carácter de éste a que el lector debe acostumbrarse; no inferior, sin em­bargo, a la abrumadora sombra que cubre el mundo que allí describe, en el que le­gislaba — tanto más cuanto que de una ma­nera oculta — el peluquero, y donde se con­fundían el más puro y lúcido acto de la inteligencia con la crónica cínica o la in­ventiva. De este modo aparece repartida en las Memorias la admiración por Voltaire (1694-1778) y por el pornógrafo Baffo (1694- 1768).

Y cuando, por orgullo y energía, se mantenía valientemente una acción, como el duelo con Braniki, la calumnia era, sin embargo, la única norma de juicio. A esta regla sirvió Casanova constantemente, y no porque esgrimiera la calumnia como arma, sino únicamente por cuanto la neu­tralizaba con el embrollo constante, aun­que, a veces, agradable y correcto o justi­ficado filosóficamente y, según cómo, sen­timentalmente. Ya no tan particular aun­que sí característico es su orgullo intelec­tual y su falta de sentido común, más bien que la costumbre de seguir la corriente, que, aun cuando a un nivel inferior, le da un lugar en la cultura del siglo que se extiende entre Metastasio, Voltaire, Crébillon y Rousseau y también en los salones de la época, aun los italianos, que Casanova conoció y frecuentó — pues no siempre le movió sólo la corrupción—.

Sería exagera­do tratar de hallar en él un presentimiento de la inminente revolución: sólo muy indi­rectamente podríamos deducirlo de su re­trato, por su apreciación de las cosas, de la naturaleza y de los valores. Otro error parecido sería el de leer las Memorias desde un punto de vista histórico, cual hiciera Foscolo en un texto parcial y erróneo en el que hallaba descritas «las instituciones políticas del pasado siglo». ¿Instituciones políticas? Demasiado viejo era Casanova para esta nueva curiosidad, y aunque Fos­colo, ciertamente, fuera también hijo de aquel siglo y de aquellos salones en los que sobresalían mujeres de singular exce­lencia intelectual, entre él y el pasado se levantaba la Revolución francesa, y Ca­sanova, en realidad, aparecía sólo como un inconsciente y un ingenuo frente a los nuevos intereses y a las recientes pasiones.

Éste es un límite decisivo en su autobio­grafía, que, por el contrario, hunde preci­samente sus intrincadas y frondosas raíces en el pasado, aunque no en el individua­lismo y orgullo intelectual renacentistas, por cuanto la firmeza, la sinceridad y la coherencia características del Renacimiento son totalmente extrañas al retrato que de sí mismo nos dejara Casanova, incluso en sus momentos más cuidados y bien com­puestos. Es muy distinto, pues, a Cellini, que pertenece claramente al sistema rena­centista, si bien es verdad que éste, ya en el siglo XVI, se estaba corrompiendo rá­pidamente y que los novelistas fueron los primeros en acusarlo; tras una primera in­corporación de nuevos temas a la sátira, cedieron a las costumbres españolas, a la práctica de la vida de aventurero y con­fidente a sueldo, o espía, a las bravatas y engaños que iban extendiéndose y adqui­riendo nuevo color en la sociedad.

Era una triste profesión, totalmente privada y prác­tica, que venía a reemplazar tradicionales imágenes literarias; de modo que, así como la vida de Cellini estaba entregada, en rea­lidad, a una idea de excelencia, humana o más bien artística, esta otra era un cínico diario lleno de engaños, enfermedades y embrollos. Se advierte ya en ella al cro­nista de las Memorias y la vida aventure­ra, pero todo ello confusa y desordenada­mente. Los enredos y la profesión de espía aparecen en Orazio Malaspini, veneciano como Casanova y primer ejemplo de la descripción de éste, juzgada más extensa que compleja. Malaspini, muerto en 1609, noveló partiendo de sus propias memorias: por lo que a su carrera se refiere, baste saber que, encarcelado, se salvó gracias a su habilidad de falsificador de documentos y sellos.

Otros indicios, aunque más limi­tados y concretados únicamente a la obra, pueden observarse en los siglos XVI y XVII, de tal modo se había corrompido y, a la vez, extendido en la novela el apego a tomar pie en las costumbres: adhesión múltiple y violenta, en que lo único tra­dicional que se salva es el orgullo cultural, disfrazado en Casanova de filosofía del si­glo XVIII, y que encubría, no obstante, un muy extendido y nada nuevo temperamento mundano y literario. Éste es el origen efec­tivo, históricamente, de las Memorias y de su protagonista, el personaje en ellas ensalzado, ya que, por lo menos, el puntillo de la sinceridad y el orgullo de la confe­sión son algo propiamente suyo y de su época, siquiera sea bajo la forma de una especie de confianza en la naturaleza, como un signo antiguo bajo un nuevo aspecto, que subsiste en los errabundeos, por tantos lugares del mundo y en las infinitas anéc­dotas.

Las Memorias, que escribió en el castillo de Dux en Bohemia hacia el final de su vida, nos han dejado este retrato, que sólo a medias se adapta a las indis­creciones y malignidad de la época; pero precisamente cuando la sombra y el tedio aparecen menos admisibles, conviene in­dicar el origen lejano de ese género, del cual, no obstante, derivan también la per­sona y el temperamento realmente excep­cionales del autor.

A. Borlenghi