[Karl Moor]. Héroe de Los bandidos (v.) de Friedrich Schiller (1759-1805). Los orígenes de esta figura acaso deban buscarse en el legendario Robín Hood (v.) y en el Cimbelino de Shakespeare.
No obstante, Schiller la ha tratado de una forma nueva y original; el delincuente impulsado al mal por su excesivo buen corazón, su conciencia de ser, a pesar de todas las indignidades, superior a los demás, la confianza en su fuerza, interrumpida por crisis de melancolía, su necesidad de hallar compañeros con la misma alma ardiente y doliente y, a la vez, su deseo de abandonarles para alcanzar una total soledad, todo ello convierte a Carlos en el prototipo del «Stürmer».
Pronto la serie se hará interminable: seguirán el Corsario (v.) y el conde Lara (v.) de Byron, el Hernani (v.) de Victor Hugo, Miguel Kohlhaas (v.) de Kleist, Ratcliff (v.) de Heine. También le encontramos en la novela realista: así por ejemplo en el Vautrin (v.) del Papá Goriot (v.) de Balzac. Figura poética por su idealismo, por su fin casi siempre trágico, las antítesis ilógicas de su carácter, su pureza sofocada por los delitos y sus desenfrenadas pasiones. Carlos Moor es, sin duda, un anormal.
Ha recibido de la naturaleza algo que le predispone al desequilibrio y al desorden: impresionable y fantaseador, soñador e impetuoso, sediento ante todo de libertad, confía ciega y únicamente en las fuerzas individuales, que supone inmensas, e, impulsado por un delirio de lucha y heroísmo, tiende, en una sociedad que limita y humilla aquellas fuerzas, a la completa liberación de la personalidad, como todos los «Stürmer».
Sin embargo, su espíritu no se mueve hacia finalidades claras y precisas. Sueña vagamente en un estado natural semejante al que exaltara Rousseau. Lo único que sabe con certeza es que las leyes no han favorecido nunca la formación de grandes personalidades y que únicamente la libertad ilimitada dio origen, en todas las épocas, a gigantes como César (v.) y Bruto (v.). Aparece manifestada claramente una total ignorancia de las posibilidades morales, un juego peligroso con las apariencias, y, sobre todo, la invitación a una rebelión continua hecha por personas inexpertas, por hombres de buena voluntad que creen en su fuerza con tanto mayor empeño en cuanto son, en el fondo, débiles de carácter.
Por algo esta figura de Schiller suscitó delirios de entusiasmo, creando el triste fenómeno del «rauberismo» o «banditismo», que, como el «wertherismo», fue la perdición de no pocos jóvenes exaltados. Igual que en todos los románticos, falta en esta figura todo conocimiento de los motivos y contingencias de la realidad: estos malhechores no son más que ingenuos revolucionarios creados por la misma ingenua imaginación de los ciudadanos de fines del siglo XVIII y principios del XIX para experimentar el placer de asustarse.
F. Lion

