[Everyman, Elckerlijk, Jedermannl. Personaje de una famosa «moralidad», repetidamente refundida en leyendas, milagros, misterios y representaciones sacras (v. Cada cual), que tienen por centro el contraste entre la alegría de la vida y la muerte inesperada. Este motivo, que se halla también en la Danza de la muerte (v.), aparece en germen en la parábola del rico Epulón (v.) y del pobre Lázaro (Lucas, XVI, 19-31).
Cada Cual es la humanidad que peca y se pierde y es también la humanidad que volviendo al camino señalado por Dios alcanza la salvación y la bienaventuranza. Rico y amante de la vida y de los placeres, Cada Cual recibe con sorpresa la advertencia de la Muerte que, por mandato de Dios, viene a instarle a que se prepare para su último viaje. Detenido en su alegre camino, se queda confuso ante la muerte, en la loca esperanza de no reconocerla, pero ante la súbita y tremenda certeza de su presencia, intenta ganar tiempo, y en su congoja intenta corromper la inexorable sombra con los mismos medios que le han permitido lograr tantas cosas en la tierra.
Se halla desnudo y despojado de todos sus atributos de otro tiempo: frente a frente con la muerte, frente a frente con el bien y con el mal, sólo dispone de muy poco tiempo para distinguir uno de otro y no tiene a nadie que le ayude y le aconseje antes de presentarse al juicio de Dios. Los detalles, las figuras, los actos y las costumbres de su vida parecen rendirse con él a la realidad de la suprema comparecencia, perdiendo sus trazos individuales y quedando sólo como comparsas agrupados bajo un nombre abstracto: en la breve tregua intenta dirigirse a Amistad, Parentesco, Riqueza, Belleza, Fuerza, Cinco Sentidos, Conocimiento y Discreción, para solicitar compañía y asistencia en su inminente viaje.
Patético en su ingenuidad y en su obtusa desesperación de animal acorralado, Cada Cual ejerce sobre nosotros una sugestión comparable a la de las figuras macizas, apenas desbastadas, de los bajos relieves primitivos. No hay en él sutileza ni complejidad. Sus pecados tienen la concreción, la sencillez y la corporeidad de una talla en madera. Cada Cual representa la entereza de una animalidad primordial, el hombre en todo su ser, impulsado por pecados activos y elementales todavía no ocultos bajo los sutiles disfraces y repliegues de tipo intelectual.
Inmediatamente se sitúa en su postura de pecador, y solicita el auxilio de todos con una especie de cándida y franca confianza, a la cual corresponde la prontitud con que por fin recurre a la Confesión y pide y obtiene la misericordia divina. Por ello podría parecer un instrumento de las enseñanzas del catolicismo; pero en las palabras, los sentimientos, las rápidas figuraciones simbólicas y aun la misma inevitabilidad del juego obligado, su figura se identifica con una voz que tras la máscara alegórica pronuncia las grandes palabras de la humanidad en su diálogo con la Naturaleza, esas palabras que resumen con todo su originario vigor el drama del hombre ante el misterio de la muerte.
L. Calcaterra

