Bruto

El siglo XIX vio en Bruto a un ven­gador de libertades conculcadas y a un precursor de todos los grandes emancipadores modernos; y, tras la poco afortunada tentativa de Alfieri en su Bruto Segundo (v.), Giacomo Leopardi repitió el tema en el poema Bruto Menor (v.).

Hallamos a Bruto en los instantes inmediatamente an­teriores al suicidio; se extiende en un lar­go monólogo — que abarca casi toda la poe­sía — en el que no es difícil encontrar acentos de un dramatismo algo externo. Acusa de insensata a la virtud y polemiza acremente con los dioses: su muerte volun­taria pretende ser, precisamente, un reto lanzado a los moradores del Olimpo, quie­nes, además de haber carecido siempre del coraje necesario para el suicidio, van a perder, con el premeditado abandono del mundo por parte de Bruto, una víctima de sus necios y crueles designios.

Pero, en realidad, el personaje resulta muy exigua­mente — o acaso nada — caracterizado por la esencia lógica de su discurso. Su mayor colorido y un relieve más sensible proce­den, en todo caso, de los acentos con que desahoga su propia pena en la elegiaca contemplación de la naturaleza; y, en este caso, es una figura íntimamente conmovida por las románticas contradicciones que, en la misma medida, dan consistencia a otro personaje poéticamente resucitado por Leo­pardi a no mucha distancia en el tiempo: nos referimos a la Safo (v.) de El último canto de Safo (v.).

F. Giannessi