Brunilda

[Brynhild, Brünhild]. En las más antiguas formas de la leyenda que han llegado hasta nosotros, Brunilda, como Sigfrido (v.), es un personaje aún algo fan­tástico.

Un poema éddico fragmentario, el llamado Brot af Sigurdarkvidu, bastante antiguo (probablemente del siglo IX), pre­senta a Brunilda como doncella reacia al matrimonio y cuya morada se halla circun­dada por una cortina de fuego que nadie ha logrado atravesar. Pero ya en estas ver­siones antiguas aparece Brunilda en el ciclo legendario de los Nibelungos.

Se la tiene por hermana de Atila (v.), y Gunnar (que corresponde al alemán Gunter, v.) la de­sea por esposa, únicamente Sigurd (equi­valente nórdico de Sigfrido, v.), armado con las armas de Regin y montado en su caballo Grani, logra atravesar aquella cor­tina, que se extingue inesperadamente a su paso. De este modo llega a presencia de Brunilda y le dice ser Gunnar, cuyo as­pecto ha tomado, recordándole la promesa de casarse con el vencedor del cinturón ígneo.

Y así, ambos duermen juntos durante tres noches, aunque con la espada desen­vainada en medio de los dos. Cuando ella le pregunta el motivo, Sigurd responde con una excusa. Luego se hacen mutua entrega de los anillos. Transcurridos tres días, Si­gurd vuelve con sus compañeros y recobra su primera figura. Mucho más tarde, un día en que habían ido a bañarse al río, se enciende una disputa entre Brunilda y Gudrun (que es la Crimilda, v., de los poemas alemanes) acerca del mérito de sus respectivos esposos.

Encolerizada, Gudrun descubre a su cuñada que su marido no es otro que Sigurd, y que fue él «quien ca­balgó a través de la cortina de fuego, mientras tú le suponías el rey Gunnar; y él durmió junto a ti y recibió de tu mano el anillo que ya sabes». Brunilda palidece y no responde palabra; pero declara al rey Gunnar que no quiere continuar vi­viendo «porque Sigurd me ha engañado, y tú también, ya que vino a mi lecho por orden tuya; no quiero continuar teniendo dos esposos bajo el mismo techo»: uno de los tres debe perecer.

Muerto el héroe «al sur del Rin», resuena por toda la Corte la risa de Brunilda. A la madrugada, ésta, llorando, cuenta a su marido un terrible sueño: los Nibelungos conocerán su ruina, por haber sido perjuros mientras Sigurd, interponiendo su espada entre él y la mu­jer que había conquistado, mantenía la pa­labra empeñada. Aquí acaba el poema. Es posible que siguiera un epílogo para ex­presar el propósito que Brunilda concibe de morir a su vez cómo el héroe que había sido su verdadero esposo.

Su mismo deseo de vengarle exige, en realidad, que se dé muerte a sí misma, por haber instigado a su marido a romper el juramento de la sangre y porque su matrimonio con Gun­nar fue un perjurio. Esta Brunilda que, sintiéndose ofendida, provoca la muerte de Sigfrido, se hace tradicional. Mientras las leyendas heroicas germánicas fueron un patrimonio viviente, Brunilda, particular­mente en el norte de Escandinavia, continuó atrayendo la fantasía de los poetas, quie­nes profundizaron su psicología.

Así, en otro poema éddico, el Poema breve de Si­gurd, Brunilda, dominada por su amor al héroe y devorada por los celos («poseer a Sigurd o morir»), incita a su esposo Gun­nar a procurar el asesinato de Sigurd. Muer­to éste, Brunilda no tiene inconveniente en proclamar sin reservas su amor: «a él sólo amé, y a nadie más», y decide acompañar en la muerte a su amado: arderá a su lado sobre la imponente pira. Otro poema éddico, del que nos ha quedado una paráfrasis en la Saga de los Volsungos (v.), estaba fundamentado también en el con­flicto— fatalmente terminado con la muer­te — entre la pasión amorosa que une a Brunilda y Sigurd, y sus compromisos ma­trimoniales.

El poeta, menos experto, acude a lo fantástico para explicar el origen del conflicto: Sigurd, a causa de una bebida mágica, olvida a Brunilda, se casa con Gu­drun y ayuda luego a Gunnar a conquistar a aquélla. Pero como sea que el filtro pier­da poco a poco su poder, arde nuevamente la antigua llama entre Sigurd y Brunilda: aquél anhela poseer a la mujer a la que dice amar más que a sí mismo, y ésta se resiste alegando el motivo tradicional de no querer pertenecer a dos hombres bajo el mismo techo.

Sigurd es muerto por ins­tigación de Brunilda; y ésta, declarando que no quiere ser de Sigurd pero tampoco de ningún otro, le sigue a la hoguera. Otros motivos particulares de la leyenda fueron luego elaborados aparte y con un sentido psicológico. Un poema éddico (él Primer poema de Gudrun) la representa, después de la muerte de Sigurd, apoyada en una pi­lastra, con ojos ardientes y llena aún de celoso odio hacia Gudrun y de rencor por haber sido engañada en la elección de ma­rido.

En otro (el Viaje de Brunilda a los Infiernos) aparece montada en un carro y dirigiéndose a las moradas subterráneas en pos de Sigurd. En la primera parte del poe­ma alemán de los Nibelungos (v.), Bru­nilda es un personaje aún esencial de la leyenda; pero se verá deslumbrada por Crimilda, la verdadera heroína del poema. Brunilda y el país donde reina conservan rasgos que tienen mucho de fantástico. La noticia de una reina de allende el mar cuya belleza no tiene igual llega hasta el Rin.

Gunter, el rey de los burgundios, se prenda de ella, «del modo como al­guien puede enamorarse a través de la fama». Pero sólo podrá conquistarla quien la pueda vencer en tres pruebas: el tiro de lanza, el de la piedra y el salto, que eran los juegos caballerescos entonces en boga. Además, quien perdiese la competi­ción perdería la vida. Gunter se halla dispuesto al riesgo supremo por amor a la lejana princesa; no obstante, pide la ayuda de Sigfrido. Éste lleva consigo el manto mágico, arrebatado anteriormente a Alberico, que hace invisible a quien lo viste y le proporciona la fuerza sumada de doce hombres.

Lujosamente vestidos, los príncipes burgundios descienden por el Rin en una nave y tras doce días de navega­ción avistan el país de Brunilda, extenso y poblado de muchos castillos. A las venta­nas del castillo de Brunilda, coronado por ochenta y seis torres, se asoman muchas bellas damas, una de las cuales, vestida de blanco, se adelanta: es Brunilda, que acoge hospitalariamente a los recién llegados. Tras esta escena de mundana elegancia cor­tesana, empieza la prueba.

Brunilda apa­rece en la liza, mujer hermosa más aún que guerrera, con su magnífico atavío en­carnado de seda y oro, presentación muy del gusto de la pintura medieval contem­poránea. Sigfrido, vestido con el mágico manto, sustituye a Gunter en la compe­tición, y, de este modo, la caballeresca Brunilda es vencida. Roja de cólera, no consigue dominar el tono de su voz, pero acepta lealmente las consecuencias de la lucha. Leal y pura, ignora que ha sido vencida con el engaño y la mentira, que, una vez desenmascarados, arruinarán con rigor férreo a quienes se valieron de ellos.

Las primeras sospechas de Brunilda empiezan en las fiestas reales de Worms, donde la her­mana del rey, Crimilda, se sienta en el banquete junto a Sigfrido, que se había presentado a Brunilda como vasallo de Gunter. Brunilda tiene la sensación de que esto es un profundo ultraje al decoro; se compadece de Crimilda, se aflige y llora. Habiéndose retirado con Gunter a la cá­mara nupcial, rehúye los abrazos de su es­poso. Más aún: cuando Gunter trata de poseerla, ella le ata de pies y manos con un cinturón que llevaba en el talle y le cuelga de un clavo, dejándole así toda la noche.

Al clarear el día, Brunilda se mofa de su marido: « ¿Os agradará, acaso, que vuestros criados os encuentren atado de esta forma por manos femeninas?» única­mente bajo la promesa de que no preten­derá tocarla ya más se aviene a desatarlo; y así humillado, el rey se dirige a la ca­tedral para la ceremonia de la coronación. Pero no puede evitar confesar a Sigfrido su vergüenza, y Sigfrido promete ayudarle. Durante la noche, oculto gracias a su má­gico manto, someterá a Brunilda. «Con tal que no la goces — dice Gunter —, estoy de acuerdo con todo lo demás.

Haz de ella lo que quieras. Aun cuando debas matarla, nada me importa: es una mujer terrible». Llegada la noche, Sigfrido penetra en la cámara nupcial de Gunter y se acerca a la reina virgen. Ella se defiende con tanto valor que aplasta a Sigfrido entre la pared y un armario y le hace sangrar las uñas, pero éste, finalmente, logra vencerla con la fuerza del manto mágico, y ella se rinde. Sigfrido no la toca, pero disimulada­mente le roba un anillo de oro y el cinturón, que luego dará a Crimilda.

Gun­ter, que lleno de congoja y un tanto ridículamente ha presenciado la escena, re­emplaza a Sigfrido y puede gozar amorosa­mente de la bella reina, que, perdida la virginidad, no es ya más fuerte que otra mujer cualquiera. Cuando Sigfrido y Cri­milda se han marchado, Brunilda se ve atormentada por una inquietud: ¿Por qué tanta soberbia en Crimilda? ¿Cómo es que Sigfrido, a quien continúa creyendo un vasallo, no presta acto alguno de homena­je? Todo ello es algo que la hiere en su orgullo.

Y así, para aclarar este extraño misterio y humillar a Crimilda hace que Gunter invite a Worms a su hermana y cuñado. Los torneos eran una parte esen­cial en las fiestas cortesanas de la época caballeresca, y en esta ocasión, mientras las dos cuñadas presenciaban una de estas justas, Crimilda, en su ingenuo orgullo de esposa feliz, deja escapar una frase fatal: ¿Acaso no es Sigfrido quien a todos aven­taja? Cierto, responde serenamente Brunil­da; pero está Gunter, y Gunter es el rey. Crimilda no comprende el significado de la respuesta de su cuñada: en realidad, ¿no son igualmente reyes Sigfrido y Gun­ter? Esto, empero, lo ignora Brunilda.

Segura de sus palabras, recuerda a Cri­milda que Sigfrido es un vasallo, con lo que ésta se muestra furiosamente sorpren­dida e interpreta la observación de su cu­ñada como expresión de un orgullo insen­sato. Se origina así entre ambas una pugna. Ricamente ataviadas, al frente de un cor­tejo suntuoso como nunca, las dos reinas se dirigen separadamente a la catedral, frente a la cual coinciden. Brunilda ordena a su cuñada que le ceda el paso como a reina. Crimilda, entonces, desahoga su ira con una injuria infamante («más te val­dría callar.

Has manchado tu belleza. ¿Cuán­do se ha visto que una concubina llegase a reina? Fue Sigfrido… quien te poseyó por vez primera. No fue mi hermano el que te quitó la virginidad»), revelando así pú­blicamente el secreto que Sigfrido, impru­dente, le confiara. Herida atrozmente en su doble dignidad de reina y de mujer, Bru­nilda prorrumpe en llanto. Su fama está mancillada y quebrantado su orgullo real. No obstante, Brunilda no ha acabado de comprender, ni podía, el sentido exacto de las palabras injuriosas de Crimilda.

Y en el templo, durante la misa, que le pa­rece muy larga, se pregunta: ¿Por qué concubina? A la salida pide una explica­ción, una prueba de aquella ultrajante afir­mación que considera infundada. Crimilda, entonces, le muestra el anillo y el cinturón; aquél podía haberle sido simplemente ro­bado, pero no éste. Y Brunilda, ofendida, avergonzada e indecisa, llora desesperada­mente, lamentando haber nacido y pidiendo el amparo de su esposo. El incidente se convierte, desde entonces, en una cuestión de principio y de honor, que Hagen (v.) de­fenderá resueltamente. Inocente o culpa­ble, Sigfrido expiará la ofensa inferida a la reina. Hagen le da muerte en una cace­ría, con lo que el ultraje de Brunilda que­da vengado. En el Poema de los Nibelungos y en sus fuentes más directas, Bru­nilda no tiene la importancia que le dan los poemas éddicos.

Su papel es necesario, pero episódico. Tan pronto como la muerte de Sigfrido, culpable de una inadmisible indiscreción, ha satisfecho su honor de rei­na ofendido públicamente, desaparece de la escena. Aun poéticamente considerada, la Brunilda éddica es incomparablemente más coherente, vigorosa y profunda. La afición romántica por todo lo primitivo y bárbaro puso nuevamente de moda también, sobre todo en alemania, el tema de los Nibelungos. Por su popularidad y valor artístico destaca por encima de la mediocridad cir­cundante la trilogía de Richard Wagner.

Su fuente principal para las dos primeras «jornadas» (v. La Walkyria y Sigfrido) fue un poema éddico, el Poema de Sigrdrífa [Sigrdrífomál], donde aparece una walky­ria que, completamente armada, yace ador­mecida en medio de los montes, protegida por un cinturón de relucientes escudos. Sigurd le quita la coraza, con lo que ella despierta y pregunta quién la ha desvela­do. Sigurd le manifiesta su nombre y la bella durmiente dice llamarse Sigrdrífa y ser una walkyria adormecida por Odín (v.) por haber dado muerte en combate a un guerrero protegido por el dios, únicamente podía despertarla del sueño mágico quien ignorase el miedo.

Sigurd y la Walkyria (Sigrdrífa y no Brunilda, que, en la le­yenda y a diferencia de la modificación wagneriana, no es una walkyria) se juran mutuamente amor. En la tercera jornada de la trilogía, El ocaso de los dioses (v.), la fuente principal sobre Sigfrido y Brunilda fue la Saga de los Volsungos, ya men­cionada.

V. Santoli