Bola de Sebo

[Boule de suif]. Perso­naje de la narración de este nombre de Guy de Maupassant (1850-1893) que señaló los comienzos literarios del escritor y, bajo los auspicios de Zola, formó parte del vo­lumen Las veladas de Médan (v.).

Por sus regordetes encantos mereció este apodo la pequeña ramera Elisabet Rousset, descrita físicamente de un solo trazo por Maupassant con la rápida, brillante y grave maes­tría de un impresionista: «dos magníficos ojos sombreados por largas pestañas, y, más abajo, una boca deliciosa, pequeña, presta al beso». Con su gracia morena y ruda, mantiene la nota de su carácter, incluso moral, frente al que necesariamente pali­decen las restantes figuras de la narración.

En ésta se habla de la huida, en diligencia, acosado por las avanzadas prusianas, de un grupo sólo aparentemente heterogéneo, por cuanto la variedad humana que lo compo­ne— burgueses, nobles, dos monjas — se confunde en el ambiente de una mediocri­dad común y de una también más o menos común vileza. Faltos de alimento, «Bola de Sebo» les ofrece sus provisiones; pero re­chaza a un hambriento de amor fácil por­que ciertas cosas parecen no estar bien cuando el enemigo acampa en los alrede­dores; el viaje se ve interrumpido por la amenaza de un oficial que quiere gozar de la muchacha, hasta que ésta, única entre los personajes del grupo que está animada de un valeroso e insobornable odio hacia el invasor, acaba por ceder a las incitaciones de los demás — e implícitamente aun- de las mismas monjas—, sin recoger por ello otra cosa que amargura para sí misma y ni la menor sombra de gratitud (y sí por el contrario el desprecio) de aquéllos.

Hay algo de heroína cívica en esta hija de la calle; y, artísticamente, tiene un vigor na­tural que destruye todo germen sospechoso de bajo sentimentalismo. Además, si bien no sería fácil concebirla como figura ais­lada, destaca, en cambio, vigorosamente en el conjunto del cuadro por su propia rique­za, que pone de manifiesto el relieve caricaturesco, pero inmortal, de la miseria de los demás personajes. Esto es lo que, como en otros casos intrínsecamente análogos, puede observarse en muchas de las breves obras maestras de Chejov.

R. Franchi