Biedermeier

Más que una figura, este nombre corresponde a un ambiente com­pleto, a una estancia amplia pero modesta­mente amueblada, con la preocupación de hacerla íntima, acogedora, «gemütlich» y no solemne, en la que se mueve un perso­naje también modesto, por lo menos exteriormente.

Las maderas de los muebles no son preciosas — tan sólo algunos adornos en las molduras recuerdan el siglo XVIII —; sobre la mesa humea una taza de café; la tapicería está decorada preferentemente con motivos florales, las sillas son ligeras y pequeñas; amplio, empero, el sofá, con al­gunos almohadones bordados; sencillas cor­tinas sin pretensiones en las ventanas; fren­te a una de ellas, un hombre, pensativo, está sentado, con la mirada vuelta hacia el campo y la pipa de porcelana colgando a un lado de la boca; sobre sus rodillas, un libro: es Biedermeier, típico represen­tante de la clase media de aquella Alema­nia que, imbuida de los ideales grandiosos de la Revolución francesa y de la exalta­ción romántica, viose, tras el Congreso de Viena (1815), rechazada, vilipendiada y constreñida violentamente a tragarse todos sus ensueños y clamores anhelantes.

Una desilusión, pues, que en vez de impulsarla al heroísmo aplacó su espíritu y la obligó a buscar refugio en su pequeño mundo: éste es, en realidad, el reino de Biedermeier. Allí, sin tener que compartirlos con la multitud, podían aún revivir con nostalgia sus bellos sueños, entre unos pocos amigos y en la intimidad de los muros domésticos. Biedermeier, por lo tanto, es, primeramen­te, un romántico decepcionado, que sí bien ha perdido toda fe en los grandes ideales no ha dejado de amarlos.

Más tarde, em­pieza a descubrir los recursos del ámbito estrecho a que se ve reducido, deja de sen­tirlo como una prisión y acaba por encon­trarse en él a sus anchas, de tal modo que, aun sin despreciar sus antiguos idea­les, afirma que la felicidad puede y debe hallarse en la satisfacción de los modera­dos deseos y de las módicas aspiraciones. La aparición de Biedermeier marca, pues, muy claramente la comba del Romanticis­mo hacia el Realismo, particularmente en lo que a literatura y pintura se refiere.

Con la reacción romántica que, en cierto modo, se operó después de 1848, Biedermeier se desacreditó. Su pequeño mundo, la media­nía con la que demasiado fácilmente se contentaba, le convirtieron en blanco de la sátira. También precisamente entre los años 1855 y 1857, el médico Adolf Kussmaul y el poeta Ludwig Eichrodt dieron vida a su figura con la publicación en las famosas Fliegende Blätter (v.) de las Poesías escogidas de W. G. Biedermeier [Auserlesene Gedichte von Weiland Gottlieb Biedermeier], no totalmente inventadas, si­no, en muchos casos, copiadas literalmente de una colección de versos de un típico re­presentante de la época, el viejo maestro de escuela S. F. Sauter.

Aquella sabrosa sátira tuvo un clamoroso éxito y el per­sonaje pasó a definir una mentalidad y un gusto. Hasta 1920 aproximadamente, y de modo particular en todas las diversas es­cuelas influidas por el hegelismo y el nietzscheanismo, tuvo Biedermeier mala prensa, por así decirlo; pero, de un tiempo a esta parte, se reconocen, aun a pesar de sus deficiencias, los aspectos positivos, los elementos sólidos y constructivos, las in­numerables aportaciones de esa mentalidad, a la que se considera con mayor espíritu de justicia y a la que quizá, con el tiem­po, se tendrá también como una meritoria figura representativa de los felices días de antaño.

R. Paoli