Bernadette

Es la protagonista de la novela La canción de Bernadette (v.) de Franz Werfel (1890-1945), inspirada en la figura de Bernadette Soubirous (1844-1879), la pastorcilla de Lourdes a la que la Vir­gen, bajo el aspecto de una bellísima Señora, se apareció repetidamente en la gruta de Massabielle.

Este personaje werfeliano manifiesta .una aguda intuición de los pun­tos de contacto que unen el mundo reli­gioso al artístico. En diversos momentos de la obra hay referencias concretas a esta vaga analogía. Con cauteloso lenguaje que evita una postura excesivamente raciona­lista, Werfel observa en una ocasión: «La pequeña Bernadette ha logrado lo que úni­camente los grandes poetas llegan a alcan­zar: que la gente de su pueblo tenga como realidad lo que tan sólo sus ojos han podido ver por gracia del Cielo».

He aquí una consideración que pone de relieve la re­lación que existe entre el hecho religioso y la creación artística. El autor insiste con­tinuamente en la imaginación vivaz de Bernadette, su cándida inocencia, su estu­por extático. La mentalidad de la niña está cerrada a las especulaciones abstrac­tas. Cuando sor Marie-Thérése Vauzous le pregunta sobre la Santísima Trinidad, Ber­nadette, que es la mayor pero también la más atrasada de la clase, no sabe qué contestar.

No obstante, la palabra «pesebre» exalta súbitamente su fantasía, que evoca imágenes nítidas y pintorescas. La prodi­giosa fuerza espiritual de Bernadette de­riva de la perfecta fusión de una imagina­ción muy viva con una fe vigorosa. El re­caudador de impuestos, Estrade, «no acierta a comprender el extraño poder por el que esta obtusa hija de los Pirineos, con todas sus miradas, todos sus pasos y todos sus ademanes, da vida y realidad a lo que no existe». El secreto de este poder reside en la intensidad de su vida interior.

Para ella, toda la realidad se identifica en un impulso de amor hacia la misteriosa y bellísima Se­ñora. Bernadette no quiere saber quién es ni se plantea problemas: vive, ama, goza. Esta llama consigue transfigurarla in­cluso físicamente. Su madre, al principio escéptica y sordamente irritada contra aque­lla hija que, con su estático semblante, le causa tantos contratiempos, exclama, mien­tras la observa en el transcurso de una aparición: «Ésta no es ella… Ésta no es Bernadette… No puedo reconocer a mi niña…».

Los encuentros con la Señora van cambiando poco a poco su aspecto externo. Indiferente a todo, se muestra, no obstante, extremadamente sensible y decidida en el ámbito de su mundo; frente a la Bellísima, su indómita voluntad se abre, se apresta, únicamente bajo la íntima relación que se establece entre la más excelsa Emperatriz y su sierva más humilde. Bernadette pasa del éxtasis al desfallecimiento, al desmayo.

Un leve indicio de benevolencia por parte de la Señora la exalta; la sola sospecha de su desaprobación la abate. La tensión de Bernadette es tan grande que dicha al­ternancia de sentimientos no sólo le altera el alma, sino también el cuerpo. Actúa como guiada por voces interiores, y sus ademanes, aun en los actos más comunes, adquieren una solemnidad ritual: la señal de la cruz, el rezo de una plegaria, una re­verencia. A veces Bernadette se halla, aun­que inconscientemente, en la fase primitiva y, por así decirlo, mítica en la que el culto nace espontáneamente, como cuando besa la tierra para expresar la satisfacción de haber comprendido a la Señora. «Frente a una ceremonia que con tal intensidad ra­yaba espiritualmente en lo divino, una so­lemne misa cantada hubiera parecido una vacía pomposidad».

Carente de todo orgu­llo y vanidad, su mente va directamente al fin concreto. «Su lógica, fundada en el po­der persuasivo del amor», refuta a doctos, laicos y religiosos. El místico halo que circunda su humildad difunde la luz de la gracia y crea la aureola del milagro. Aun­que turbado, de vez en cuando, por pesa­dillas siniestras y diabólicos fantasmas, su espíritu, finalmente, se eleva hasta la más pura alegría, vence poco a poco al escán­dalo, la burla, el odio, la incredulidad, y su gloria va subiendo paso a paso desde la humilde casa paterna hasta la gruta de Lourdes, luego al convento de Sainte-Gildarde, y finalmente, fulgura en la solemne ceremonia de su canonización en la basílica de San Pedro.

Werfel, con admirable perspicacia intuitiva, sigue las diversas ma­nifestaciones psíquicas de este personaje que no deja nunca de oscilar entre la fan­tasía poética y la leyenda sacra, conser­vando, no obstante, los rasgos de una fi­gura histórica. Su realidad artística deriva de un sabio equilibrio de elementos hetero­géneos proyectados sobre un fondo tan ajeno a la introspección psicoanalítica como a la oratoria edificativa.

G. Necco