Benjamín

[Binyāmīn]. Último de los doce hijos de Jacob (v.), cuya historia nos narra el Génesis (v.). Es una delicada y casi femenina figura de jovencito acaricia­da, diríase, por la Biblia con maternal pre­dilección.

Hijo de la dulce e infeliz Ra­quel (v.), su nacimiento inmoviliza súbi­tamente en acongojada espera a la inmensa caravana de Jacob en su marcha entre Be­tel y Efrata. En un abrir y cerrar de ojos el «valle del pan» se llena de tiendas y vivaques hasta donde alcanza la vista: hom­bres y animales, temblorosos e inmóviles, esperan a que Raquel, en su tienda, con­siga escapar a la muerte y librar de ella a su segundo hijo.

Y he aquí que, final­mente, estallan por doquier hogueras y cán­ticos de bienvenida a Benoni, «el hijo de la pena», recién llegado a la vida. Pero su padre no puede soportar este triste apela­tivo y lo cambia proféticamente por Benjamín, «el hijo del buen augurio», pues tal va a ser, precisamente, para él, que pondrá en el-pequeño huérfano (Raquel no sobrevivió al difícil parto) todas sus com­placencias de padre anciano.

Y al calor de este solícito y casi receloso amor pa­terno florecerá la gracia del muchacho que le atraerá, como queriendo justificar el presagio de su nombre, las unánimes sim­patías de sus hermanos, de José (v.) en particular, el cual, después del encuentro con los suyos, parece casi rivalizar con su padre en las predilecciones de que hace objeto al menor de sus hermanos.

Por todo ello este casi mágico poder de seducción fue considerado como simbólico por los intérpretes bíblicos, que reconocieron en Benjamín a una de las más inefables prefi­guras del futuro Mesías, de quien diría Dios repetidamente: «Éste es mi Hijo muy ama­do en quien tengo todas mis complacen­cias»; tanto más aún si tenemos en cuenta que Cristo nacería en aquel mismo «valle del pan» entre la atónita admiración de los pastores, y su Madre debería renunciar muy pronto a Él para entregarlo al servicio del Padre celestial.

C. Falconi