Benigna

Personaje de la novela Mise­ricordia (v.), quizás el más decisivo tér­mino de comparación existente entre el arte de Benito Pérez Galdós (1843-1920) y el de Tolstoi, con el cual suele parangonar­se. Benigna, en efecto, lleva bajo el claro sol madrileño palideces de estepa rusa y su caridad parece labrada en el negro leño del cristianismo eslavo.

Benigna es la com­pasión hecha carne doliente y cansada de una vieja cocinera sesentona ignorante y ruda. Ha pasado la vida al servicio de la noble dama doña Paca Juárez, sisando un céntimo tras otro del gasto diario, movida por el instinto atávico de precaverse contra tiempos peores. Pero cuando su señora cae en la miseria, arruinada por la manía de vivir lujosamente, Benigna no vacila en atender con sus ahorros a las necesidades cotidianas; y aún, agotados éstos, llega has­ta pedir limosna por su ama, a quien hace creer que está como sirvienta en casa de un sacerdote imaginario, don Romualdo, el cual, inesperadamente, resulta existir de manera providencial en la realidad y salva a doña Paca de la miseria.

Benigna no mendiga sólo para su señora, sino también en favor de los hijos y amigos de aquélla, para lo cual acude a otros mendigos en bus­ca de ayuda para sus protegidos, estable­ciendo, de este modo, una especie de aso­ciación de socorros mutuos. Áspera, brusca, un tanto varonil, como corresponde a un protector de desvalidos, insensible a las penas y sufrimientos con que debe enfren­tarse y a los malos tratos de que su ama, como en los buenos tiempos, continúa ha­ciéndola objeto, Benigna es una pura lla­ma de amor viva.

Acoge el dolor de los infelices, de aquellos a quienes su mismo orgullo aísla, ya que en ella hay una ca­ridad inteligente, capaz de penetrar más allá del principio de individuación y de comprender la miseria de aquellos a quienes, según su característica expresión, «se les pinta la vergüenza con las ganas de comer y son tan delicados y medrosicos para pedir; éstos, que tuvieron posibilida­des y educación y no quieren rebajarse, ¡Dios mío, qué desgraciados son!» Y no existe nada capaz de arrancarle este im­pulso de amor y piedad: ni ingratitudes ni incomprensiones.

Así, cuando doña Paca, súbitamente enriquecida de nuevo, se nie­ga a acogerla con las buenas razones que para alejar a los pobres hay siempre a mano en estos casos, Benigna concentra su amor en Almudena (v.), un moro ciego ingenuamente enamorado de ella; y cuando la hija de doña Paca, roída por el remordi­miento, viene a pedirle ayuda para sus hi­jos que cree enfermos, Benigna pronuncia aún palabras de amor más que de perdón: «No llores…; y ahora vete a tu casa y no vuelvas a pecar».

Encarnación de la santi­dad que llega a olvidarse de sí misma en el amor vivo del prójimo y en el ejercicio de la caridad, Benigna, en la galería de personajes galdosianos, quizá sea el que más intensamente haya recibido la luz crea­dora del autor y su fe en la caridad sin­cera del pueblo; esa caridad que, en las clases elevadas, en cambio, tan despiadadas en su pobreza de espíritu y en su escéptica ociosidad, se halla envenenada por el egoísmo.

C. Capasso