Protagonista de la novela histórica de este nombre (v.), del escritor norteamericano Lew Wallace (1827-1905). Joven, moreno, apuesto, apasionado, descendiente de una de las más ricas familias de Jerusalén, el héroe va adquiriendo fuerza y destreza extraordinarias a través de una serie de ejercicios físicos, en espera de utilizarlas en la venganza de ciertos agravios recibidos por su familia.
Su conversión al cristianismo consagra enteramente estos méritos profanos y su melodramática finalidad, que por sí solos habrían bastado para atraer hacia el joven las simpatías de un público de lectores burgueses del siglo XIX. Justificado y fortalecido en todas sus empresas por la nueva religión, pasa, con tranquila e inmutable desenvoltura, a través de la serie de artificiosas situaciones ambientales — la erótica, la histórica, la arqueológica — elaboradas por el autor para realzar su conducta.
La venganza conseguida (aunque con absoluta deportividad) en una carrera de carros frente a su enemigo Messala le sirve para transformarse oportunamente en apologista de la vida cristiana. La figura simbólica, designada en el panteón de personajes míticos norteamericanos con el nombre de Ben-Hur, es una singular mescolanza de ideas entresacadas de un «Dictionnaire des idées reçues» americano: el Romano, el Aristócrata, el Gran Enamorado, el Atleta, el Cristiano, el Héroe y el Hijo Abnegado.
Estos diversos elementos carecen de la coherencia necesaria a la estructura íntima o al plasticismo de la fisonomía externa de un «personaje». Sin embargo, no lo necesitan; los amplios límites de la norma humana expresada en América con la frase «salvar cabras y coles», les permiten una coexistencia tranquila. Ben-Hur es un santo patrón de tal norma, y sus numerosos admiradores son exponentes más o menos inconscientes de ella.
S. Geist

